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La insistencia de Donald Trump en adquirir Groenlandia —ya sea mediante dinero, presión política o incluso insinuaciones de fuerza— no es una excentricidad aislada ni un simple arrebato personal. Es, en realidad, la expresión más cruda de una lógica imperial en decadencia, donde el poder ya no se ejerce mediante consensos ni instituciones, sino a través del chantaje, la compra o la amenaza directa.

Desde su primer mandato, Trump dejó en claro que Groenlandia no era para él una cuestión diplomática, sino un “activo estratégico”. La isla más grande del mundo, formalmente parte del Reino de Dinamarca, reapareció en el imaginario estadounidense como un territorio disponible, reducible a una cifra, a un precio negociable. Una visión que recuerda más al siglo XIX que al orden internacional contemporáneo.

Tierras raras, hidrocarburos y el nuevo colonialismo

El interés de Washington no es simbólico. Como señaló el embajador ruso en Dinamarca, Vladímir Barbin, Groenlandia alberga vastos yacimientos de metales de tierras raras, además de posibles reservas de hidrocarburos. En un contexto global marcado por la transición energética, la competencia tecnológica y la dependencia occidental de suministros controlados por China, estos recursos convierten a la isla en una pieza codiciada del tablero geopolítico.

Las tierras raras son esenciales para la industria militar, la electrónica, las energías renovables y la alta tecnología. Para Estados Unidos, cuya cadena de suministro depende en gran medida de actores externos, controlar Groenlandia significaría asegurar una ventaja estratégica en un mundo cada vez más multipolar y hostil a la hegemonía unipolar estadounidense.

Sin embargo, lo revelador no es el interés en sí, sino la forma en que se expresa: la reducción de un territorio, su población y su soberanía a una mera transacción comercial.

Comprar, invadir o presionar: el repertorio del declive

Las declaraciones del presidente ruso, Vladímir Putin, durante una reunión del Consejo de Seguridad, añaden una dimensión aún más inquietante al debate. Putin estimó que el “precio” de Groenlandia podría oscilar entre 200 millones y 1.000 millones de dólares, tomando como referencia histórica la venta de Alaska por parte del Imperio ruso a Estados Unidos en el siglo XIX.

La comparación no es casual. Aquella operación se produjo en un mundo sin derecho internacional moderno, sin autodeterminación de los pueblos y bajo una lógica abiertamente colonial. Que hoy se recurra a ese antecedente revela hasta qué punto ciertos sectores del poder estadounidense parecen dispuestos a retroceder más de un siglo en términos políticos y morales.

Cuando la compra resulta inviable, el discurso se desliza peligrosamente hacia otras opciones: presión económica, militarización del Ártico o intervención indirecta. Groenlandia, así, deja de ser un territorio autónomo con derecho a decidir su futuro y se convierte en un objetivo estratégico a conquistar.

El Ártico como nuevo frente de disputa

La obsesión de Trump por Groenlandia también debe leerse en el marco de la creciente militarización del Ártico. El deshielo abre nuevas rutas comerciales, facilita la exploración de recursos y transforma una región antes periférica en un espacio central de disputa entre grandes potencias.

Estados Unidos busca contrarrestar la presencia creciente de Rusia y China en la región, pero lo hace desde una lógica de apropiación, no de cooperación. En lugar de promover mecanismos multilaterales o respetar la soberanía de los actores involucrados, Washington recurre a métodos propios de una potencia que siente que el tiempo juega en su contra.

Groenlandia no está en venta

Más allá de los cálculos financieros y las especulaciones geopolíticas, la cuestión central es política y ética: Groenlandia no es una mercancía. No pertenece ni a Trump ni a Washington, y su futuro no puede decidirse en función de la ansiedad estratégica de una potencia en crisis.

La “locura” de querer adquirir Groenlandia por todos los medios no es un capricho individual, sino el síntoma de un orden occidental que, ante la pérdida de hegemonía, vuelve a las prácticas más brutales del pasado. Comprar, presionar o invadir ya no garantiza poder; solo expone debilidad.

En ese sentido, la obsesión de Trump con Groenlandia dice menos sobre la isla que sobre Estados Unidos: un imperio que, incapaz de adaptarse plenamente a un mundo multipolar, intenta todavía resolver sus problemas con dinero, fuerza y viejas fórmulas coloniales.