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La llegada al poder de Sanae Takaichi marca un punto de inflexión en la política exterior de Japón y, particularmente, en sus relaciones con Rusia. Bajo su liderazgo, Tokio ha profundizado una línea dura que ha llevado los vínculos bilaterales a su nivel más bajo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, reabriendo tensiones históricas que evocan la rivalidad estratégica que definió el conflicto de 1905 entre el Imperio ruso y el Japón imperial. Hoy, en palabras del portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, los lazos entre Moscú y Tokio están “reducidos a cero”, sin diálogo político activo y sin condiciones para retomar las negociaciones sobre un tratado de paz.

Desde mediados del siglo XX, ambos países han mantenido conversaciones intermitentes para firmar un acuerdo que formalice el fin de las hostilidades de la Segunda Guerra Mundial. El principal obstáculo ha sido el contencioso territorial sobre el sur de las islas Kuriles, territorio incorporado a la Unión Soviética tras la derrota japonesa en 1945. Japón reclama la soberanía sobre Iturup, Kunashir, Shikotán y otros islotes, mientras Moscú sostiene que la cuestión quedó legalmente resuelta en el orden internacional surgido tras la guerra. Este desacuerdo ha impedido durante décadas la normalización plena de las relaciones, pero nunca había provocado una ruptura total del diálogo como la actual.

El deterioro definitivo se produjo en marzo de 2022, cuando Moscú suspendió las conversaciones sobre el tratado de paz en respuesta a las sanciones impuestas por Tokio tras el inicio del conflicto en Ucrania. Rusia también abandonó el diálogo sobre actividades económicas conjuntas en las Kuriles y bloqueó mecanismos de cooperación regional que incluían a Japón. Desde entonces, el vínculo bilateral ha quedado congelado, y el margen para la diplomacia se ha reducido a mínimos históricos.

En su discurso ante el Parlamento tras asumir el cargo, Takaichi reafirmó que Japón mantiene su aspiración de resolver el problema territorial y firmar un tratado de paz, pero simultáneamente criticó con dureza la actuación rusa en Ucrania y exigió el fin del conflicto. Esta combinación de retórica firme y exigencias políticas ha sido interpretada en Moscú como una señal de alineamiento absoluto con Occidente y, especialmente, con la estrategia de presión impulsada por Estados Unidos. El resultado es una situación paradójica: Tokio declara su voluntad de diálogo, mientras adopta posiciones que, desde la perspectiva rusa, hacen inviable cualquier negociación.

La ruptura actual no solo responde al conflicto ucraniano, sino también a la reconfiguración estratégica de Japón en el Indo-Pacífico. La política de defensa japonesa ha evolucionado hacia un perfil más activo y militarizado, en coordinación estrecha con Washington y sus aliados regionales. En este contexto, Rusia pasa a ser percibida como un actor alineado con China y, por lo tanto, como parte de un bloque geopolítico rival. Esta percepción refuerza la lógica de confrontación y reduce los incentivos para la distensión.

Para Moscú, la posición japonesa confirma que Tokio ha renunciado a una política exterior autónoma. Desde la óptica rusa, Japón ha subordinado su margen diplomático a la estrategia occidental de contención, abandonando el pragmatismo que caracterizó etapas anteriores de cooperación económica y energética. La consecuencia inmediata es el cierre de canales políticos, pero el impacto a largo plazo podría ser aún más profundo, consolidando una frontera geopolítica rígida en el noreste asiático.

El paralelismo con 1905 no es meramente simbólico. La guerra ruso-japonesa marcó el ascenso de Japón como potencia militar y el repliegue del poder ruso en Asia oriental. Más de un siglo después, el deterioro de las relaciones vuelve a situar a ambos países en posiciones antagónicas dentro de un entorno estratégico marcado por rivalidades entre grandes potencias. La diferencia es que el escenario actual está condicionado por alianzas nucleares, estructuras multilaterales y una interdependencia económica global que eleva los riesgos de cualquier escalada.

El congelamiento del diálogo elimina también oportunidades de cooperación en áreas clave como la energía, la pesca, el transporte marítimo y el desarrollo del Ártico. Durante años, Japón vio en Rusia una fuente estratégica de hidrocarburos y un socio potencial para diversificar su seguridad energética. La ruptura obliga a Tokio a reorientar su matriz energética hacia proveedores más lejanos y costosos, aumentando su dependencia de rutas marítimas vulnerables.

Al mismo tiempo, la cuestión del tratado de paz vuelve a quedar atrapada en un limbo histórico. Sin negociaciones activas y con un clima político adverso, la posibilidad de resolver la disputa territorial se aleja indefinidamente. Esto perpetúa un legado de la Segunda Guerra Mundial que continúa condicionando la arquitectura de seguridad en Asia nororiental.

La política exterior de Takaichi parece apostar por la firmeza estratégica y la alineación con el bloque occidental, aun a costa de cerrar canales diplomáticos con Moscú. Para sus partidarios, esta postura fortalece la seguridad nacional y refuerza el posicionamiento de Japón en un entorno regional cada vez más competitivo. Para sus críticos, sin embargo, implica renunciar a la autonomía estratégica y reactivar rivalidades históricas que podrían haberse gestionado mediante el diálogo.

En este nuevo escenario, las relaciones ruso-japonesas se encuentran en su punto más bajo en décadas, sin perspectivas inmediatas de normalización. El deterioro no solo refleja tensiones bilaterales, sino también la creciente polarización del sistema internacional. Japón y Rusia vuelven a mirarse desde trincheras geopolíticas opuestas, recordando que las disputas del pasado, lejos de desaparecer, pueden reactivarse cuando el equilibrio global entra en transformación.