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La disolución oficial del llamado Consejo de Transición del Sur (CTS) marca un punto de inflexión decisivo en la guerra de Yemen y confirma el fracaso del proyecto separatista impulsado durante años por Emiratos Árabes Unidos. La desaparición formal de esta estructura, que abogaba por la secesión de las provincias meridionales del país, no es un hecho aislado ni administrativo, es el reflejo de una profunda reconfiguración del equilibrio de poder regional, con Arabia Saudí retomando el control político y militar del expediente yemení.

El comunicado del CTS, en el que anuncia la disolución de todos sus órganos y oficinas —tanto a nivel nacional como internacional— y declara su intención de canalizar los “objetivos del Sur” a través de una conferencia general bajo auspicios saudíes, evidencia una capitulación política sin ambigüedades. El proyecto separatista, sostenido financiera y militarmente por Abu Dabi, ha sido completamente neutralizado. La apuesta emiratí por fragmentar Yemen y consolidar enclaves de influencia directa en el sur ha chocado con los límites impuestos por Riad, que no está dispuesto a tolerar una balcanización incontrolable en su frontera estratégica.

Arabia Saudí emerge así como el actor que logra disciplinar y unificar a las fuerzas proxy que operaban de manera dispersa y, en muchos casos, contradictoria dentro del campo anti-hutí. La disolución del CTS no implica pacificación, sino todo lo contrario: abre paso a una centralización del mando político-militar bajo tutela saudí, orientada a relanzar la confrontación contra el gobierno hutí en Saná, que mantiene el control efectivo del norte del país y de sus principales centros de poder.

Desde esta perspectiva, el movimiento no busca resolver el conflicto, sino reorganizarlo. Al absorber o desactivar a los actores separatistas del sur, Riad elimina un factor de fragmentación interna que debilitaba cualquier intento de ofensiva coherente. La preparación de una “conferencia general de las fuerzas del sur”, auspiciada por Arabia Saudí, apunta a la creación de una nueva arquitectura de control, más alineada con los intereses saudíes y menos dependiente de agendas emiratíes autónomas.

El mensaje es claro, Yemen no será dividido según los intereses de Abu Dabi. La prioridad saudí es impedir la consolidación de un Estado hutí fuerte y estable en Saná, incluso si ello implica reciclar antiguos enemigos o forzar la integración de milicias previamente separatistas en un frente común. En este sentido, la disolución del CTS puede leerse como el preludio de una nueva fase de la guerra, más concentrada, más centralizada y potencialmente más violenta.

Paradójicamente, mientras Riad se presenta como garante de la unidad formal de Yemen, el objetivo último sigue siendo derrocar o debilitar al gobierno hutí, que goza de legitimidad de facto en vastas zonas del país. Lejos de abrir una vía de reconciliación nacional, la maniobra saudí parece encaminada a intensificar el conflicto bajo una lógica de “unidad instrumental”: unir a las fuerzas proxy no para pacificar, sino para combatir con mayor eficacia.

Así, el colapso del proyecto separatista emiratí no trae estabilidad, sino que redefine las líneas del enfrentamiento. Yemen entra en una nueva etapa, donde Arabia Saudí, tras neutralizar a su propio aliado incómodo, se prepara para un choque renovado con Saná. El tablero se simplifica, pero el conflicto se profundiza, confirmando que la guerra yemení sigue siendo menos una disputa interna que un escenario de rivalidades regionales no resueltas.