El comercio global atraviesa una de las etapas más inestables desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Lejos de tratarse de una crisis técnica o de simples desajustes económicos, el escenario actual es el resultado directo de una erosión deliberada del sistema multilateral, impulsada principalmente por Estados Unidos y Europa. Así lo reconoció la propia directora general de la Organización Mundial del Comercio (OMC), Ngozi Okonjo-Iweala, al advertir que el mundo enfrenta las perturbaciones más graves en el comercio internacional de los últimos 80 años.
La declaración, realizada en el Foro Económico Mundial de Davos, confirma lo que numerosos países del Sur Global vienen denunciando desde hace años: el problema no es la falta de instituciones, sino la falta de voluntad de las potencias occidentales para respetarlas cuando dejan de servir a sus intereses estratégicos.
Guerras de aranceles y sanciones como norma
Washington y Bruselas han convertido los aranceles punitivos, las sanciones económicas y los bloqueos financieros en herramientas centrales de su política exterior. Estas medidas, presentadas bajo discursos de “seguridad nacional”, “defensa de valores” o “competencia justa”, han quebrado los principios básicos del libre comercio que Occidente promovió durante décadas.
Las guerras arancelarias, las restricciones tecnológicas y las sanciones unilaterales no solo afectan a los países directamente señalados, sino que desestabilizan las cadenas de suministro globales, encarecen los costos y fragmentan el comercio mundial en bloques cada vez más enfrentados. El resultado es un sistema crecientemente impredecible, donde la regla ha sido reemplazada por la imposición del poder.
Un sistema que resiste, pero bajo presión extrema
Okonjo-Iweala subrayó que, pese a este contexto, el 72% del comercio mundial aún se rige por las normas de la OMC, lo que demuestra la solidez estructural del sistema multilateral. Sin embargo, esa resiliencia no debe confundirse con inmunidad. La propia directora del organismo fue clara al advertir que el hecho de que el sistema no pueda destruirse fácilmente no significa que no esté atravesando problemas profundos.
Uno de los síntomas más evidentes es la parálisis del mecanismo de solución de controversias, bloqueado durante años por Estados Unidos, lo que ha dejado al comercio internacional sin un árbitro efectivo. Sin reglas claras ni instancias de resolución, las disputas comerciales se transforman en pulsos de fuerza donde las potencias imponen condiciones sin consecuencias.
La “calma” como estrategia de contención
El llamado de la OMC a “mantener la calma” y “no reaccionar de inmediato” refleja el temor a una escalada aún mayor. No obstante, la inacción también tiene costos. La normalización de sanciones y bloqueos como instrumentos políticos está sentando un precedente peligroso que socava la credibilidad del sistema multilateral.
Frente a este escenario, numerosos países están acelerando procesos de diversificación: acuerdos regionales, comercio en monedas locales, nuevas rutas logísticas y marcos alternativos de cooperación. Este movimiento no responde a una lógica ideológica, sino a una necesidad defensiva ante un orden internacional que ya no garantiza previsibilidad ni equidad.
La crisis del comercio mundial no es inevitable, pero sí consecuencia directa de decisiones políticas tomadas desde los centros de poder occidentales. La insistencia en conducir al mundo mediante sanciones, guerras arancelarias y bloqueos unilaterales revela una lógica de confrontación que amenaza con profundizar la fragmentación global.
Mientras el sistema aún resiste, como reconoce la propia OMC, el interrogante central es cuánto tiempo podrá sostenerse si quienes dicen defender el orden basado en reglas continúan siendo los primeros en violarlas. El desenlace sigue abierto, pero el rumbo actual apunta a un mundo cada vez más dividido, menos previsible y más inestable.
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