Durante décadas, el dólar estadounidense fue el pilar incuestionable del sistema financiero internacional. Sin embargo, ese estatus comienza a erosionarse de manera sostenida y estructural. Según datos difundidos por el medio analítico The Kobeissi Letter, la participación del dólar en las reservas mundiales de divisas ha caído a alrededor del 40 %, su nivel más bajo en al menos veinte años. En apenas una década, el billete verde perdió 18 puntos porcentuales de participación, una señal clara de que el mundo ya no confía de forma automática en la moneda estadounidense como refugio universal.
Este retroceso no es abrupto ni caótico, pero sí constante. Se trata de una pérdida de hegemonía progresiva, impulsada por decisiones estratégicas de los Bancos Centrales, que ya no consideran prudente concentrar sus reservas en un solo activo vinculado a una potencia que utiliza su moneda como instrumento de presión política.
El oro vuelve al centro del sistema financiero global
Mientras el dólar retrocede, el oro avanza. En el mismo período en que la moneda estadounidense perdió peso, la participación del oro en las reservas globales aumentó 12 puntos porcentuales, alcanzando el 28 %, su nivel más alto desde principios de la década de 1990. Hoy, el oro representa una mayor proporción de las reservas internacionales que el euro, el yen y la libra esterlina juntos, un dato que habla por sí solo.
Este fenómeno no es meramente contable. Refleja una revalorización profunda del oro como activo soberano: no depende de decisiones políticas externas, no puede ser sancionado ni congelado y no se deprecia por emisiones masivas. En coherencia con este giro, el precio del metal precioso subió un 65 % en 2025, su mayor ganancia anual desde 1979, mientras que el índice del dólar estadounidense cayó un 9,4 %, registrando su peor desempeño en ocho años.
Deuda, desconfianza y uso político de la moneda
El economista Antón Tábaj, de la agencia Expert RA, explicó que este proceso es de largo plazo y está directamente vinculado a la acumulación de riesgos en la deuda pública estadounidense y a las crecientes dudas sobre su calidad crediticia. La necesidad de emitir cada vez más deuda para sostener el funcionamiento del Estado norteamericano ha generado una percepción de fragilidad estructural, especialmente en un contexto donde la Reserva Federal se encuentra bajo presiones políticas crecientes.
A ello se suma un factor decisivo: el uso del dólar como arma geopolítica. Las sanciones financieras, el congelamiento de activos y la extraterritorialidad del sistema financiero estadounidense han llevado a muchos países a concluir que mantener reservas en dólares implica un riesgo político, no solo económico.
Diversificación sin reemplazo inmediato
Pese a esta tendencia, no existe aún una alternativa única que sustituya plenamente al dólar. Como señala Tábaj, cuando los Bancos Centrales buscan diversificar, recurren a monedas regionales, aunque estas presentan limitaciones en términos de profundidad y tamaño de mercado. Por ello, la transición no adopta la forma de una ruptura abrupta, sino de una reconfiguración gradual y pragmática.
El resultado es un sistema financiero internacional cada vez más fragmentado, donde el dólar sigue siendo relevante, pero ya no incuestionable. La hegemonía absoluta se transforma en influencia relativa.
Un mundo post-hegemónico en construcción
La caída del peso del dólar no implica su desaparición, pero sí marca el inicio de una nueva etapa. El orden monetario global avanza hacia una lógica más multipolar, donde el oro, las monedas regionales y los acuerdos bilaterales ganan protagonismo frente a una moneda que ya no ofrece neutralidad ni previsibilidad.
Lo que está en juego no es solo un cambio financiero, sino un cambio de época: el tránsito desde un sistema dominado por una sola potencia hacia otro más disperso, más cauteloso y, sobre todo, menos dispuesto a aceptar que la estabilidad global dependa de la política interna de Estados Unidos.
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