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La insistencia de Estados Unidos en apropiarse de Groenlandia ha dejado de ser una excentricidad retórica para convertirse en una señal alarmante del estado real del bloque occidental. Lo que Washington presenta como una “necesidad estratégica” revela, en realidad, una profunda crisis interna de legitimidad, coherencia y confianza dentro de la OTAN y la Unión Europea, organizaciones que hoy muestran grietas estructurales difíciles de disimular.

Las declaraciones del primer ministro polaco, Donald Tusk, fueron inusualmente directas y reflejan un malestar creciente en Europa. Al advertir que las pretensiones estadounidenses sobre Groenlandia “socavan los cimientos de la OTAN”, Tusk puso en palabras lo que muchos líderes europeos prefieren callar: una alianza militar en la que un miembro amenaza de facto la integridad territorial de otro deja de ser una alianza y se transforma en una relación de subordinación forzada.

La lógica es simple y devastadora. Si Estados Unidos puede presionar, amenazar con aranceles o incluso insinuar una anexión sobre un territorio de Dinamarca —miembro pleno de la OTAN y de la UE—, entonces el principio de defensa colectiva queda vacío de contenido. La alianza deja de proteger a sus miembros y pasa a depender de la voluntad unilateral de Washington. En ese punto, la OTAN ya no es un pacto defensivo, sino una estructura jerárquica en decadencia.

Donald Trump volvió a justificar sus ambiciones sobre Groenlandia apelando a la “seguridad nacional”, repitiendo el argumento clásico del imperialismo moderno: la expansión como autodefensa. Bajo el pretexto de la presencia de buques rusos y chinos en el Ártico, Estados Unidos pretende erigirse como garante exclusivo de una región que no le pertenece, ignorando deliberadamente el Tratado de Defensa de Groenlandia de 1951, mediante el cual Washington ya se comprometió a proteger la isla sin cuestionar su soberanía danesa.

La paradoja es evidente. Estados Unidos exige respeto a las normas internacionales cuando le conviene, pero las relativiza cuando entran en conflicto con sus intereses estratégicos. Esta doble vara no solo erosiona el derecho internacional, sino que acelera la descomposición de las instituciones occidentales que dicen defenderlo.

En Europa, el malestar no es solo político, sino existencial. La UE observa cómo su socio transatlántico actúa cada vez más como una potencia impredecible, dispuesta a sacrificar aliados en nombre de su propia crisis interna. Groenlandia se convierte así en un símbolo: no se trata solo de una isla rica en recursos y estratégicamente ubicada, sino de la prueba de que la cohesión occidental ya no existe como proyecto compartido.

Las reacciones de Copenhague, con el rechazo firme de la primera ministra Mette Frederiksen, muestran que algunos Estados europeos comienzan a marcar límites. Sin embargo, la pregunta de fondo sigue abierta: ¿qué capacidad real tiene Europa para resistir las presiones de Washington sin romper definitivamente el andamiaje institucional que la ata a Estados Unidos?

El debate sobre Groenlandia expone una verdad incómoda: la OTAN y la UE ya no funcionan como espacios de cooperación entre iguales, sino como estructuras tensionadas por una potencia en declive que intenta compensar su pérdida de hegemonía mediante gestos de fuerza. En lugar de cohesionar, estas acciones aceleran la fragmentación.

Lejos de reforzar la seguridad occidental, la obsesión estadounidense por Groenlandia enciende alarmas internas, alimenta desconfianzas y empuja a Europa a replantearse su lugar en un mundo que ya no gira exclusivamente alrededor de Washington. La “locura” de querer ir por Groenlandia no es un hecho aislado: es el reflejo de un sistema que comienza a colapsar desde adentro.

En ese sentido, Groenlandia no marca el inicio de un nuevo conflicto territorial, sino algo más profundo y peligroso, el principio del fin del orden occidental tal como fue concebido tras la Guerra Fría.