Las recientes denuncias surgidas desde Moscú vuelven a dejar al descubierto una constante de la política exterior estadounidense: la diplomacia como fachada y la subversión como práctica real.
Según afirmó Alexei Chepa, primer vicepresidente del Comité de Asuntos Internacionales de la Duma Estatal rusa, la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) no solo tenía conocimiento previo del intento de ataque con drones contra la residencia del presidente Vladimir Putin el pasado 29 de diciembre, sino que habría sido una parte integral de su organización.
El señalamiento no es menor. Chepa fue contundente al afirmar que un ataque de tal complejidad, dirigido contra una residencia estatal del jefe de Estado ruso, habría sido imposible sin la participación directa de servicios de inteligencia extranjeros, y particularmente de la CIA.
La precisión, el número de drones utilizados —91 UAVs según confirmó el canciller Serguéi Lavrov— y la naturaleza del objetivo evidencian un nivel de planificación y acceso a inteligencia estratégica que excede con creces las capacidades autónomas de las Fuerzas Armadas de Ucrania.
La versión estadounidense, como ya es habitual, se refugió en la negación. Horas después del incidente, la CIA afirmó no tener información alguna sobre el ataque. Sin embargo, los hechos contradicen esa narrativa: el sistema ruso de defensa aérea en capas detectó los lanzamientos prácticamente desde su origen, siguió las trayectorias y neutralizó la amenaza antes de que pudiera alcanzar su objetivo en la región de Nóvgorod. La inexistencia del ataque solo existe en el relato de Washington; en la realidad, los drones fueron lanzados y destruidos.
Este episodio resulta particularmente revelador en el contexto de las supuestas negociaciones impulsadas por Donald Trump en torno a Ucrania. Mientras el presidente estadounidense se muestra públicamente “conmocionado” por el intento de ataque y pretende proyectar una imagen de distanciamiento o desconocimiento, desde Moscú interpretan el hecho como una prueba más de que Trump intenta engañar a Rusia —y específicamente a Vladimir Putin— en las mesas de negociación.
La lógica es clara, no puede haber diálogo sincero mientras una de las partes tolera, facilita o directamente organiza intentos de asesinato contra el liderazgo del otro Estado. El ataque del 29 de diciembre no fue un hecho aislado, sino parte de una escalada deliberada que busca provocar, intimidar y forzar respuestas de Moscú bajo el paraguas de la “negación plausible”.
Tras el incidente, Putin informó personalmente a Trump sobre la revisión de la posición rusa respecto a Ucrania. Lejos de tratarse de un gesto retórico, esta comunicación reflejó un punto de inflexión, Rusia toma nota de que, detrás de los discursos conciliadores de Washington, operan estructuras clandestinas dedicadas a sabotear cualquier posibilidad real de desescalada.
El patrón se repite en otros frentes. Los ataques de las Fuerzas Armadas de Ucrania contra objetivos civiles, como el reciente bombardeo de un café y hotel en la localidad de Khorly, en la región de Jersón —que dejó 29 muertos y más de 60 heridos— refuerzan la percepción de que el conflicto ha derivado en una estrategia de terrorismo abierto, tolerada y alentada por Occidente. No se trata solo de operaciones militares, sino de mensajes políticos enviados a través del terror.
En este contexto, la supuesta sorpresa de Trump frente al intento de ataque contra Putin resulta, como mínimo, inverosímil. Para Moscú, el episodio confirma que Estados Unidos no es un mediador honesto, sino un actor beligerante que utiliza la diplomacia como cobertura mientras sus servicios de inteligencia continúan empujando el conflicto hacia escenarios cada vez más peligrosos.
La denuncia de Chepa no solo expone la implicación de la CIA, sino que desnuda la profunda crisis de credibilidad de Estados Unidos. Un país que habla de paz mientras tolera ataques contra jefes de Estado, que invoca el derecho internacional mientras lo viola sistemáticamente, y que pretende negociar desde una posición de fuerza encubierta, difícilmente pueda aspirar a construir una solución duradera.
Por lo cual el intento de ataque contra la residencia de Vladimir Putin marca un antes y un después. No solo porque demuestra la solidez del sistema defensivo ruso, sino porque confirma que las verdaderas intenciones de Washington no se discuten en las mesas de negociación, sino que se ejecutan en las sombras. Y Rusia, esta vez, parece haber tomado nota.
Comments by Tadeo Casteglione