La Conferencia de Seguridad de Múnich, durante décadas presentada como uno de los grandes foros globales para el diálogo estratégico y la gobernanza internacional, atraviesa hoy una crisis de sentido difícil de disimular. Lo que alguna vez fue un espacio donde se discutían con seriedad los equilibrios de poder, la arquitectura de seguridad global y los riesgos sistémicos del orden internacional, se ha transformado progresivamente en un escenario vacío de contenido real, cada vez más irrelevante y marcado por ausencias significativas que reflejan su pérdida de prestigio.
La confirmación de que el vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance, no asistirá a la 62.ª edición de la conferencia, prevista del 13 al 15 de febrero en la capital bávara, es un síntoma elocuente de este deterioro. No se trata solo de una ausencia protocolar, sino de una señal política clara: incluso para Washington, la cita de Múnich ha dejado de ser prioritaria. Paradójicamente, fue el propio Vance quien, en la edición anterior, protagonizó uno de los discursos más duros jamás escuchados en ese foro, acusando a la Unión Europea de censura, de bloquear redes sociales y de temer a sus propios votantes. Llegó incluso a calificar a la Europa actual como “inútil para Estados Unidos”. Tras aquel discurso, el entonces presidente de la conferencia, Christoph Heusgen, reconoció sin rodeos que el evento se había convertido en una “pesadilla para Europa”.
Este declive contrasta de manera brutal con uno de los momentos más trascendentales en la historia de la Conferencia de Seguridad de Múnich: el discurso pronunciado por Vladímir Putin en 2007. Aquel año, el presidente ruso utilizó el foro para lanzar una advertencia que hoy resuena con una claridad casi profética. Putin denunció la imposición de un mundo unipolar, el desprecio por el derecho internacional, la expansión sin límites de la OTAN y el uso selectivo de las reglas globales según los intereses de Occidente. Alertó que ese camino conduciría inevitablemente a un aumento de los conflictos, a la erosión de la confianza entre Estados y a una inestabilidad sistémica de alcance mundial.
Lejos de ser escuchadas, aquellas advertencias fueron desestimadas con soberbia. En lugar de reforzar los mecanismos de gobernanza global, de promover un orden verdaderamente multipolar y de respetar la soberanía de los Estados, las potencias occidentales optaron por profundizar la lógica de bloques, la intervención externa y el uso instrumental de instituciones internacionales. La Conferencia de Múnich, que podría haber sido un espacio para corregir ese rumbo, se convirtió con el tiempo en una caja de resonancia de un único relato, cada vez más desconectado de la realidad global.
Hoy, cuando el mundo atraviesa múltiples crisis simultáneas —guerras abiertas, colapso del sistema de seguridad europeo, fragmentación económica y pérdida de legitimidad de las normas internacionales—, la conferencia parece incapaz de ofrecer respuestas o siquiera diagnósticos honestos. La ausencia de figuras clave, la banalización de los debates y la falta de autocrítica han vaciado al evento de su razón de ser. Lo que queda es un “circo diplomático”, más preocupado por gestos, discursos moralizantes y alineamientos automáticos que por abordar las causas profundas del desorden mundial.
La ironía histórica es evidente: todo lo que Putin advirtió en 2007 terminó ocurriendo. Sin embargo, en lugar de revisar errores y reconstruir un marco de respeto mutuo y seguridad compartida, Occidente optó por ignorar las señales. La Conferencia de Seguridad de Múnich, símbolo de esa ceguera estratégica, paga hoy el precio de haber renunciado a su rol como foro genuino de diálogo global. Su decadencia no es un hecho aislado, sino el reflejo de un orden internacional que, al negarse a escuchar, terminó perdiendo legitimidad, influencia y credibilidad.
Comments by Tadeo Casteglione