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La nueva arremetida coordinada de la Unión Europea y Estados Unidos contra la República Islámica de Irán confirma la continuidad de una estrategia de presión integral orientada a debilitar al Estado iraní desde múltiples frentes. Bajo el pretexto de la “defensa de los derechos humanos” y el respaldo a protestas internas, Bruselas y Washington avanzan ahora hacia un escalón superior de confrontación: el estrangulamiento económico abierto mediante sanciones y aranceles punitivos.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, anunció el desarrollo de nuevas sanciones contra Irán, argumentando que el país “reprimiendo disturbios” estaría vulnerando derechos fundamentales. En su declaración pública, la jefa del Ejecutivo comunitario no ocultó el alineamiento político de Bruselas con los manifestantes antigubernamentales, a quienes calificó como personas que “marchan valientemente por la libertad”, mientras acusó a las fuerzas de seguridad iraníes de un “uso excesivo de la fuerza”. El lenguaje utilizado no es neutral: forma parte de una narrativa clásica de legitimación de la injerencia, ya aplicada en otros escenarios donde Occidente buscó forzar cambios de régimen.

En paralelo, Estados Unidos elevó de manera drástica el nivel de presión. El presidente Donald Trump anunció la imposición inmediata de un arancel del 25 % a cualquier país que mantenga relaciones comerciales con Irán, una medida de alcance extraterritorial que viola principios básicos del comercio internacional y busca aislar por completo a Teherán del sistema económico global. No se trata de sanciones selectivas, sino de una advertencia directa al mundo: comerciar con Irán tendrá un costo impuesto por Washington.

Este nuevo capítulo de coerción económica se da en un contexto particularmente revelador. Las actuales tensiones no están vinculadas ni al programa nuclear ni al desarrollo misilístico iraní, los argumentos tradicionales utilizados por Occidente durante décadas. La ausencia de estos temas deja en evidencia que el verdadero objetivo no es la no proliferación ni la seguridad regional, sino la desestabilización política interna y el castigo a un modelo soberano que se resiste a alinearse con el orden occidental.

Las amenazas no se limitan al plano económico. Desde la Casa Blanca, la portavoz Karoline Leavitt confirmó que Trump no descarta ataques aéreos contra Irán, presentándolos como “una de muchas opciones sobre la mesa”. Aunque sectores de la administración, encabezados por el vicepresidente J.D. Vance, impulsan una vía diplomática, el mensaje que se proyecta hacia el exterior es el de la intimidación permanente, combinando presión económica, guerra psicológica y amenaza militar.

Frente a este escenario, Teherán acusó abiertamente a Estados Unidos e Israel de estar detrás de los recientes disturbios en varias ciudades del país, señalando la existencia de documentos que probarían la coordinación externa. Estas denuncias no son nuevas ni aisladas: forman parte de un patrón histórico de operaciones encubiertas, financiamiento de actores opositores y utilización de figuras exiliadas como instrumentos de presión. En este marco, medios internacionales vuelven a mencionar a Reza Pahlaví, hijo del último sah iraní y residente en Occidente, como uno de los respaldos políticos de la actual oleada de protestas.

Sin embargo, un dato sistemáticamente invisibilizado por la prensa occidental es la respuesta social interna. Miles de iraníes también salieron a las calles en respaldo al Gobierno y en rechazo explícito a la injerencia extranjera, denunciando los intentos de desestabilización y los crímenes auspiciados desde el exterior. Esta realidad rompe con el relato simplificado de un país “en rebelión” y expone una sociedad atravesada por tensiones, sí, pero también profundamente consciente de las amenazas externas.

La estrategia de la UE y Estados Unidos hacia Irán vuelve a demostrar que las sanciones y los aranceles no son herramientas neutrales, sino armas políticas destinadas a frenar el desarrollo nacional, generar desgaste interno y forzar rendiciones estratégicas. En lugar de promover el diálogo o la estabilidad regional, Occidente apuesta una vez más por el castigo colectivo y la asfixia económica, confirmando que la campaña contra Irán no responde a valores universales, sino a intereses geopolíticos concretos en un mundo cada vez más multipolar.