La Unión Europea atraviesa uno de los momentos más contradictorios de su historia reciente. Mientras el sistema internacional avanza hacia una multipolaridad real, con proyectos autónomos en Asia, África y América Latina, Bruselas permanece desfasada del ritmo global, atada a una política exterior subordinada a Washington y a decisiones económicas que han erosionado su propia base productiva. Solo ahora, cuando el daño ya es visible, la UE parece intentar una corrección tardía.
Durante la última década, la Unión Europea renunció de facto a cualquier pretensión de autonomía estratégica. Alineó su política energética, comercial y de seguridad con los intereses de Estados Unidos, incluso cuando ello implicó sacrificar industrias clave, encarecer la energía, romper cadenas de suministro y deteriorar el poder adquisitivo de sus sociedades.
Las sanciones, los conflictos geopolíticos importados y la dependencia de decisiones externas colocaron a Europa en una posición de actor pasivo, más ejecutor que arquitecto del orden internacional. Mientras otras potencias construían alianzas flexibles y pragmáticas, Bruselas quedó atrapada en una lógica ideológica que terminó siendo profundamente autodestructiva.
El aislamiento europeo frente a un mundo en movimiento
Asia, África y el Sur Global avanzan hoy en esquemas de cooperación propios, diversificando socios y reduciendo dependencias. China consolida su red comercial, India expande su proyección global, Rusia reorienta su economía y los BRICS amplían su influencia. En ese contexto, la Unión Europea quedó aislada, sin una política clara hacia el mundo emergente y con una relación transatlántica cada vez más asimétrica.
Este aislamiento no es solo diplomático: es económico, industrial y tecnológico. La pérdida de competitividad y la fuga de inversiones son síntomas de una UE que llegó tarde a comprender que el mundo ya no gira exclusivamente alrededor del eje atlántico.
India como salvavidas tardío
En este escenario, el renovado interés de Bruselas por cerrar un acuerdo de libre comercio con India refleja más una necesidad que una visión estratégica. La propia presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lo presentó como un acuerdo “histórico”, capaz de crear un mercado común de 2.000 millones de personas y concentrar una cuarta parte del PIB mundial.
Sin embargo, este acercamiento no surge desde una posición de fortaleza, sino como un intento desesperado por diversificar socios y compensar la pérdida de mercados y suministros provocada por años de alineamiento automático con Washington.
Comercio “justo” y límites estructurales
El discurso europeo sobre el “comercio justo” contrasta con la realidad de sus acuerdos. La UE no elimina aranceles, sino que los reemplaza por cuotas estrictas, permitiendo importaciones libres solo hasta ciertos volúmenes. Superado ese umbral, los aranceles reaparecen. Este esquema revela una Europa que busca proteger lo poco que le queda de su industria, incluso mientras predica apertura.
Para socios como India, esto plantea interrogantes sobre el verdadero alcance del acuerdo y sobre si Bruselas está dispuesta a aceptar una relación realmente equilibrada o solo una apertura controlada que beneficie principalmente a Europa.
Una búsqueda tardía de aliados
La ofensiva diplomática europea hacia India es solo una muestra de un fenómeno más amplio: la UE empieza a comprender, aunque tarde, que no puede sobrevivir económicamente aislada y subordinada. Necesita socios, mercados y energía, pero su credibilidad está dañada por años de decisiones erráticas y dependencia externa.
Muchos actores del Sur Global observan a Europa con cautela, conscientes de que su política exterior ha demostrado ser volátil y fuertemente condicionada por intereses ajenos al continente.
Europa ante su última oportunidad
La pregunta de fondo es si la Unión Europea será capaz de reconstruir una política exterior autónoma, basada en el pragmatismo y el respeto mutuo, o si sus movimientos actuales son apenas maniobras defensivas para salvar lo que queda de su economía.
En un mundo que ya no espera a nadie, la UE enfrenta una disyuntiva histórica: abandonar definitivamente el rol de apéndice geopolítico de Washington y reinventarse como actor independiente, o resignarse a una lenta irrelevancia, buscando aliados cuando el margen de maniobra ya es mínimo.
Comments by Tadeo Casteglione