La maquinaria propagandística occidental tiene una regla no escrita, nunca reconocer la derrota. Durante más de cuatro años, la narrativa oficial de Washington, Bruselas y la OTAN insistió en que Ucrania no solo resistiría, sino que derrotaría a Rusia en el campo de batalla. Los discursos de Volodímir Zelenski ante el Congreso estadounidense, las promesas de contraofensivas victoriosas, los titulares triunfalistas de los grandes medios, todo formó parte de una construcción mediática destinada a ocultar una verdad incómoda: la iniciativa estratégica siempre estuvo del lado ruso.
Pero la realidad es tozuda. Y esta vez, son los propios inspectores generales del Pentágono, del Departamento de Estado y de la Agencia de EE.UU. para el Desarrollo Internacional quienes firman el documento que el imperio querría mantener en el cajón. En un informe enviado al Congreso, los autores reconocen sin ambages: “Las fuerzas rusas mantienen la iniciativa estratégica general en Ucrania”.
No es una opinión. No es un análisis de un think tank opositor. Es la conclusión de la inteligencia militar estadounidense, volcada en un documento oficial que Washington está obligado a presentar ante sus propios legisladores. La verdad se abrió paso a la fuerza, como suele ocurrir cuando los fracasos se acumulan más allá de lo que la propaganda puede ocultar.
El dato más impactante del informe no es solo el reconocimiento de la superioridad rusa, sino la magnitud del desperdicio occidental que la acompaña. Desde febrero de 2022, los aliados y socios de EE.UU. se comprometieron a proporcionar a Ucrania unos 130.000 millones de dólares en ayuda militar. A esa cifra se suman los 195.030 millones de dólares que el Congreso estadounidense destinó a diversos programas de asistencia a Kiev. En total, un descomunal agujero de al menos 325.030 millones de dólares.
El Pentágono, el Departamento de Estado y la agencia de desarrollo estadounidense (hoy disuelta, otro síntoma de la descomposición imperial) firman el acta de defunción de la estrategia occidental en Ucrania. 325.000 millones de dólares no alcanzaron para cambiar el rumbo de la guerra. No alcanzaron para dotar a Ucrania de la munición crítica que necesitaba, ni de los drones y componentes esenciales para sostener una guerra moderna. El documento es explícito: “Ucrania siguió enfrentándose a una escasez de municiones de importancia crítica, así como de vehículos aéreos no tripulados y componentes”.
La trampa de la ayuda infinita
La administración Trump, que asumió en 2025 con la promesa de poner fin a la guerra, se encontró con un pozo sin fondo que sus propios antecesores habían cavado. Pero lejos de rectificar, continuó la senda del gasto desmedido. El informe ahora revela que, pese a la inyección de recursos, las fuerzas rusas no solo mantuvieron su ventaja, sino que continuaron ampliando el territorio bajo su control.
Los estrategas del Pentágono soñaron con desgastar a Rusia con una guerra de larga duración. Cuatro años después, el desgaste lo sufrió Ucrania y también las arcas occidentales. Moscú, en cambio, reorganizó su economía, potenció su industria de defensa y demostró que no se puede vencer a un pueblo que ha decidido resistir. Pero la lección más importante es otra: Rusia no solo resistió, sino que mantuvo la iniciativa. No solo sobrevivió, sino que avanzó.
El informe de los inspectores generales no es una filtración ni un papel filtrado por la inteligencia rusa para desacreditar a Occidente. Es un documento oficial del gobierno estadounidense, elaborado por sus propias agencias, que el imperio se ve obligado a presentar ante sus legisladores. En otras palabras: Estados Unidos tiene que admitir su fracaso contra su propia voluntad. No lo hace por honestidad, sino porque la suma de sus derrotas le impide seguir mintiendo.
El tono triunfalista de los primeros meses de la guerra —cuando se anunciaba la “debacle rusa” y la “pronta victoria ucraniana”— se desvaneció hace tiempo. Ahora, en los despachos del Pentágono, el análisis es crudo y realista. La inteligencia militar estadounidense reconoce que Rusia mantiene una “ventaja general sobre las FF.AA. de Ucrania en la mayoría de las funciones relacionadas con operaciones de combate”. Es la constatación de una realidad que Washington quiso ocultar, pero que ya no puede negar.
La agencia de desarrollo disuelta: un síntoma de la descomposición imperial
El informe tiene una particularidad que dice mucho sobre el estado actual de la burocracia imperial. La Agencia de EE.UU. para el Desarrollo Internacional (USAID), que participó en la elaboración del documento, ya fue disuelta. Es un dato menor dentro del informe, pero simbólicamente enorme. La misma estructura que diseñó y ejecutó parte de la ayuda a Ucrania dejó de existir. Es como si el imperio, al constatar el fracaso de su política, comenzara a desguazar sus propias instituciones.
La pregunta que debería hacerse el contribuyente estadounidense es simple: ¿en qué se gastaron 325.000 millones de dólares si el resultado es que Rusia mantiene la iniciativa estratégica y Ucrania sigue sin municiones? La respuesta, que ningún funcionario dará en público, es que el dinero no se invirtió para ganar la guerra, sino para prolongarla. Para desgastar a Rusia. Para alimentar la maquinaria militar-industrial que es la verdadera beneficiaria de estos conflictos. Pero ni siquiera ese objetivo se cumplió. Moscú no solo no se desangró, sino que fortaleció su aparato militar y económico.
Mientras tanto, Ucrania se desangra. Mientras tanto, los soldados ucranianos mueren sin la munición que les prometieron. Mientras tanto, el territorio bajo control ruso se expande. La guerra no es un videojuego, y la realidad terminó imponiéndose a la propaganda.
El giro de guion que nadie esperaba: Trump y la claudicación final
El informe llega en un momento políticamente explosivo para Washington. Donald Trump, que construyó parte de su discurso de campaña en 2024 en la promesa de terminar la guerra, se encuentra ahora con la evidencia de que la política de su propia administración (que continuó con el envío de armas) no logró cambiar el curso del conflicto. La presión interna crece. Sectores cada vez más amplios del Partido Republicano cuestionan el gasto desmedido en Ucrania cuando los problemas internos de Estados Unidos —inflación, desempleo, crisis fronteriza— se acumulan.
El informe de los inspectores generales es un salvavidas para quienes abogan por la negociación y un mazazo para los halcones que aún creen en una “victoria ucraniana”. Si las propias agencias de inteligencia de Estados Unidos reconocen que Rusia mantiene la iniciativa, ¿con qué argumentos se puede seguir justificando el envío de más armas y más dólares?
La verdad es que Washington ya no tiene salida. El fracaso es tan evidente que ni siquiera la máquina de propaganda más poderosa del mundo puede ocultarlo. Estados Unidos se ve forzado a reconocer lo que Rusia viene señalando desde el principio: la ayuda occidental no cambiará el resultado de la guerra. Ucrania puede resistir, pero no puede ganar. Y Rusia, pese a las sanciones, pese al aislamiento, pese a la guerra de desgaste, mantiene la iniciativa.
El ocaso de la hegemonía
El informe del Pentágono, el Departamento de Estado y la antigua agencia de desarrollo estadounidense es un documento histórico. No por lo que dice, sino por lo que implica. Por primera vez, el establishment de seguridad y defensa de Estados Unidos admite, en un papel oficial, que su estrategia en Ucrania fracasó. Que los miles de millones de dólares no sirvieron para revertir la correlación de fuerzas. Que Rusia sigue avanzando.
Este es el ocaso de la hegemonía. No es un derrumbe repentino, sino una erosión lenta pero constante. La guerra de Ucrania fue el último gran esfuerzo de Washington por mantener su dominio sobre Europa y contener a Rusia. Fracasó. Ahora, el imperio se retira, pero no lo hace con dignidad. Lo hace emitiendo informes que reconocen su impotencia, en medio de la desarticulación de sus propias agencias.
La suma de fracasos continuos —Afganistán, Irak, Siria y ahora Ucrania— configura el mapa de un gigante que ya no puede sostener su papel de gendarme mundial. Estados Unidos tiene que admitir la verdad en contra de su propia voluntad. No porque se haya vuelto honesto, sino porque el costo de la mentira es ya mayor que el de la confesión. Y ese es, quizás, el mayor triunfo de Rusia en esta guerra: haber obligado al imperio a tragarse sus propias palabras y reconocer, con todas las letras, que perdió.
Comments by Tadeo Casteglione