Estados Unidos suspendió la Junta Permanente Conjunta de Defensa con Canadá. La excusa fue que Ottawa no cumple con sus compromisos de defensa. La verdad es que el imperio se está desgarrando. Lo que ocurre en la frontera norte no es un conflicto bilateral menor. Es la expresión más cruda de la lucha intestina entre el globalismo atlantista (la vieja guardia que quiere preservar las alianzas internacionales) y el proyecto continentalista de Donald Trump (América para los americanos, sin importar el costo). Dos caras de la misma moneda imperial, peleando a puerta cerrada mientras el mundo observa el show. Y el espectáculo, para quienes entienden de geopolítica, es sencillamente patético.
El viernes, Elbridge Colby, subsecretario de Guerra para Política de Estados Unidos, anunció la suspensión de la Junta Permanente Conjunta de Defensa entre EE.UU. y Canadá (PJBD, por sus siglas en inglés). La excusa oficial, difundida a través de su cuenta en la red social X, fue que Canadá “no logró demostrar avances creíbles en sus compromisos de defensa”. Por eso, “el Departamento de Defensa de EE.UU. pone en pausa el funcionamiento de la Junta”. Washington quiere, según Colby, “determinar qué beneficios aporta este mecanismo a la defensa conjunta de América del Norte”. Y remató: “Ya no podemos permitir una brecha entre la retórica y la realidad”.
La decisión es un terremoto diplomático. La PJBD fue creada en 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, para coordinar la defensa de América del Norte. Es uno de los mecanismos de cooperación militar más antiguos y emblemáticos entre ambos países. Durante 86 años, sobrevivió a guerras, crisis económicas, tensiones comerciales y cambios de gobierno. Pero no sobrevive al trumpismo. El mensaje es claro: la era de las alianzas “automáticas” ha terminado.
La grieta atlantista-continentalista: dos caras de la misma moneda
Lo que está ocurriendo entre Washington y Ottawa no es un conflicto bilateral aislado. Es la expresión más visible de una lucha intestina dentro de la propia elite estadounidense. Dos facciones, dos visiones, dos estrategias para mantener la hegemonía en un mundo que ya no es unipolar.
Por un lado, el globalismo atlantista. Es la facción que prioriza las alianzas internacionales: la OTAN, el G7, las relaciones “especiales” con Europa y los socios tradicionales como Canadá. Creen que Estados Unidos debe liderar el mundo mediante acuerdos multilaterales, bases militares en el extranjero y una red de vasallos leales. Su problema: esa red es cada vez más cara de mantener y menos efectiva para contener el ascenso de China y Rusia.
Por el otro, el continentalismo trumpista. Es la facción que quiere reducir la presencia militar en el exterior y concentrarse en el continente americano. Creen que Estados Unidos debe ser una fortaleza: controlar su frontera sur, asegurar sus recursos energéticos, dominar el hemisferio occidental sin distracciones en Europa o Asia. Su problema: el continentalismo es, en el fondo, una política de repliegue. Un reconocimiento tácito de que el imperio ya no puede sostener su papel global.
Dos caras de la misma moneda. Ambas son expresiones del mismo fenómeno: la descomposición sistémica del imperio. Una facción quiere preservar las alianzas para mantener la ilusión de poder. La otra quiere abandonarlas porque ya no son funcionales. Ambas evitan la pregunta incómoda: ¿puede Estados Unidos seguir siendo el gendarme del mundo sin los recursos, la voluntad y el consenso interno que eso requiere?
Canadá: el aliado incómodo, el vasallo que se rebela
Canadá es, para la facción atlantista, un socio estratégico irremplazable. Miembro de la OTAN, socio del NORAD, aliado en todas las guerras estadounidenses desde Corea. Pero para la facción trumpista, Canadá es un aprovechador: gasta poco en defensa (apenas el 1,3% de su PIB), se beneficia del escudo militar estadounidense sin pagar su costo real, y encima tiene déficit comercial con EE.UU.
La suspensión de la PJBD es un mensaje directo a Ottawa: o se alinea con la visión continentalista de Trump, o queda fuera del sistema de seguridad norteamericano. No hay término medio. No hay “socios estratégicos”. Hay vasallos que obedecen y vasallos que son castigados.
Canadá, por su parte, intenta navegar entre dos aguas. El primer ministro Justin Trudeau, representante del globalismo atlantista en Ottawa, intentó mantener una relación funcional con Washington. Pero Trudeau ya no está. La nueva administración canadiense, más pragmática, sabe que no puede enfrentarse a EE.UU., pero tampoco puede aceptar sumisamente todas las condiciones de Trump. El resultado es un tira y afloja que revela la fragilidad de la relación bilateral.
La pregunta que nadie responde es: si Estados Unidos y Canadá no pueden coordinar su defensa, ¿qué fiabilidad pueden tener las alianzas de Washington en el resto del mundo?
La descomposición sistémica: el imperio se derrumba desde adentro
La suspensión de la PJBD es un síntoma más de un proceso más amplio: la descomposición sistémica del imperio.
| Indicador | Síntoma |
|---|---|
| Caos en la sucesión presidencial | Trump vs. Biden vs. la vieja guardia. El establishment político no encuentra un líder que represente al consenso interno. |
| Crisis fiscal crónica | La deuda pública supera el 150% del PIB. El gasto militar es insostenible. |
| Polarización social extrema | Las calles de Washington se militarizan. La guerra cultural es un hecho. El consenso nacional es un recuerdo. |
| Debilitamiento de las alianzas | La OTAN está en crisis. Las relaciones con Europa se deterioran. China y Rusia ganan influencia. |
| Pérdida de credibilidad internacional | La guerra en Ucrania no se gana. La presión sobre Irán no da resultados. El dólar pierde hegemonía. |
Cada uno de estos indicadores habla de un imperio que se derrumba desde adentro. La facción atlantista quiere preservar las formas, mantener la apariencia de poder. La facción continentalista quiere cambiar las reglas para adaptarse a una realidad de declive. Ambas son incapaces de revertir la tendencia central en la que se encuentran y que marca que Estados Unidos ya no es el país que fue en 1991. El mundo unipolar terminó. Y la elite estadounidense, atrapada en sus propias contradicciones, no puede articular una respuesta coherente.
La suspensión de la PJBD es apenas un capítulo más de esta comedia trágica. Pero es un capítulo revelador. Porque muestra que la grieta no es solo entre demócratas y republicanos, sino dentro del propio aparato de seguridad y defensa. La lucha por el poder en Washington tiene un correlato directo en la política exterior. Y esa lucha, lejos de resolverse, se profundiza.
¿Qué sigue? Hacia la fragmentación del espacio norteamericano
El conflicto con Canadá no terminará con la suspensión de un consejo militar. Es el inicio de una renegociación de toda la relación bilateral. Trump quiere una frontera norte más controlada, un socio más sumiso, una alianza más funcional a sus intereses. Canadá, por su parte, intentará diversificar sus relaciones (con Europa, con China, con la propia Unión Europea) para no quedar completamente subordinada a Washington.
El espacio norteamericano, alguna vez considerado una zona de paz y cooperación automática, entra en una fase de fragmentación. Las disputas comerciales, los desacuerdos en defensa, las tensiones migratorias, todo confluye hacia un mismo punto: la relación especial entre Estados Unidos y Canadá ya no es tan especial.
Y en el medio, los pueblos. Los canadienses, acostumbrados a vivir bajo el paraguas militar estadounidense, enfrentan la perspectiva de tener que asumir su propia defensa. Los estadounidenses, por su parte, ven cómo su gobierno se enreda en peleas internas mientras el mundo cambia a su alrededor.
La suspensión de la PJBD es un acto menor en la historia de las relaciones bilaterales. Pero como síntoma de una enfermedad más grave, es revelador. El imperio se descompone. Sus élites se pelean. Sus instituciones se debilitan. Y el mundo multipolar, ese que tanto temen, avanza sin necesidad de declaraciones grandilocuentes. Solo con el inexorable paso del tiempo y la tozudez de los hechos.
La guerra entre el globalismo atlantista y el continentalismo trumpista es, en el fondo, la expresión de una impotencia compartida. Ambas facciones saben que el imperio declina. Una quiere frenar la caída aferrándose a las alianzas del pasado. La otra quiere gestionar la caída con una retirada ordenada. Pero ninguna puede detenerla. La única diferencia es que ahora, la pelea se libra a puerta abierta. Y el mundo, por primera vez, puede ver las costuras del gigante desnudo. No es una visión agradable. Pero es, al menos, honesta.
Comments by Tadeo Casteglione