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Argentina, históricamente una nación con un papel destacado en la diplomacia internacional, ha dado un giro insólito bajo la administración del presidente Javier Milei: no solo ha pasado de tener una política exterior subordinada a los intereses de Occidente, sino que parece haber optado por una total ausencia de política exterior coherente.

Los recientes votos en la Asamblea General de la ONU y el retiro de foros internacionales como la COP29 reflejan esta desconcertante deriva, que pone en evidencia una desconexión absoluta entre el gobierno argentino y los consensos globales.

El Único Voto en Contra: Una Postura Aislacionista

El jueves pasado, Argentina emitió el único voto en contra de una resolución de la ONU que insta a intensificar los esfuerzos para erradicar la violencia hacia mujeres y niñas. En un gesto que sorprendió incluso a sus aliados más cercanos, el país se alineó con nadie, aislándose de los 170 países que votaron a favor y de los 13 que optaron por la abstención.

La resolución, respaldada por naciones como Estados Unidos, Israel, Alemania, Brasil y Chile, busca comprometer a los países a combatir la violencia de género, la trata y la explotación sexual, algo que, en cualquier contexto, sería considerado una prioridad global.

Esta decisión no es un hecho aislado. Apenas una semana antes, Argentina se convirtió también en el único país en votar en contra de una resolución en defensa de los derechos de los pueblos indígenas, aprobada con 168 votos a favor. Estas posturas parecen responder más a una obsesión ideológica que a un análisis estratégico de los intereses nacionales.

Retirada de Foros Internacionales

A esto se suma la retirada de Argentina de la COP29 en Bakú, una conferencia crucial sobre cambio climático organizada por la ONU. La delegación argentina abandonó el evento por orden directa de Milei, quien ha calificado a las Naciones Unidas como un órgano que “impone una agenda ideológica”.

Además, Argentina fue uno de los pocos países que no firmaron el Pacto del Futuro, un acuerdo global respaldado por 193 naciones que establece acciones para enfrentar los desafíos del siglo XXI, desde el cambio climático hasta la igualdad de género.

Estas decisiones, lejos de representar un acto de soberanía, posicionan a Argentina como un espectador pasivo en un mundo donde la cooperación y el diálogo son esenciales. En lugar de utilizar los foros internacionales para defender sus intereses, el país parece haber optado por el aislacionismo y la irrelevancia diplomática.

Una Política Exterior que No Existe

Históricamente, la política exterior argentina ha oscilado entre una diplomacia activa y un alineamiento estratégico con potencias occidentales. Sin embargo, lo que vemos hoy es un vacío total. Bajo el liderazgo de Milei, Argentina no está construyendo alianzas estratégicas ni fortaleciendo su posición en el escenario global; está quemando puentes con todos, incluidas las naciones con las que el propio presidente dice querer alinear al país, como Estados Unidos e Israel.

La crítica de Milei hacia la “agenda ideológica” de la ONU podría tener cabida en un debate interno sobre prioridades nacionales, pero su implementación como doctrina diplomática es un error garrafal. En lugar de liderar o participar activamente en los temas que afectan al planeta y a sus ciudadanos, Argentina se convierte en un ejemplo de lo que no debe hacer un país con aspiraciones de desarrollo y protagonismo global.

El Impacto en la Imagen Internacional

La ausencia de una política exterior clara tiene consecuencias tangibles. En un mundo interconectado, donde los países negocian constantemente para asegurar beneficios económicos, tecnológicos y estratégicos, el aislamiento solo puede traducirse en pérdidas.

Al negarse a participar en foros clave y votar en contra de resoluciones universales, Argentina no solo pone en peligro su reputación, sino que también arriesga su capacidad de influir en decisiones globales que impactan directamente a su población.

La situación actual plantea una pregunta crucial: ¿es esta ausencia de política exterior una estrategia temporal o el inicio de un proceso de autoexclusión prolongada? Lo único claro es que Argentina ha perdido el rumbo en el escenario internacional.

La política exterior, una herramienta vital para cualquier nación, no puede reducirse a caprichos ideológicos ni a posturas aislacionistas. El futuro de Argentina en el mundo dependerá de si puede recuperar su lugar como actor responsable y constructivo en los debates globales. Por ahora, solo queda la vergüenza de ser un país que no sabe hacia dónde quiere ir.