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Las recientes declaraciones del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, realizadas nada menos que desde la Rada Suprema de Ucrania, marcan un punto de inflexión sumamente grave en el conflicto europeo y confirman los peores temores sobre la deriva estratégica del bloque atlántico y de las principales potencias europeas.

Lejos de actuar como un factor de contención o mediación, Europa parece avanzar decididamente hacia una lógica de confrontación directa con Rusia, asumiendo riesgos que ponen en jaque la estabilidad del continente y del sistema internacional en su conjunto.

El ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, fue categórico al calificar las palabras de Rutte como la antesala de una intervención militar. No se trata de una interpretación exagerada: el propio secretario general de la OTAN habló de “garantías de seguridad automáticas” para Ucrania, ejecutadas por la llamada “coalición de los dispuestos”, con acciones iniciales independientes y una posterior fase con respaldo directo de Estados Unidos. Aún más alarmante resulta la mención explícita a la disposición del Reino Unido y Francia para desplegar tropas en territorio ucraniano.

Este planteo confirma que, para sectores clave del poder europeo, la guerra no es un accidente ni una tragedia a evitar, sino una herramienta política aceptable. La idea de que contingentes militares de la OTAN puedan desplegarse en tierra, mar y aire “inmediatamente después” de un eventual acuerdo de paz con Rusia revela una lógica profundamente contradictoria: se habla de paz mientras se preparan mecanismos automáticos de intervención militar. En los hechos, se estaría institucionalizando la guerra como estado permanente.

Desde la perspectiva rusa, y no solo desde Moscú sino desde cualquier análisis mínimamente realista de la seguridad internacional, este escenario resulta absolutamente inaceptable. Pretender ofrecer “garantías de seguridad” a Kiev mediante una intervención militar directa equivale a escalar el conflicto a un nivel cualitativamente superior, con el riesgo real de un enfrentamiento directo entre potencias nucleares. Europa, que históricamente ha sido el principal campo de batalla de las grandes guerras del siglo XX, parece no haber aprendido nada de su propia experiencia.

La actitud de Bruselas, Londres y París refleja una preocupante pérdida de autonomía estratégica. En lugar de promover una arquitectura de seguridad europea inclusiva y basada en el diálogo, los dirigentes europeos optan por alinearse ciegamente con la lógica de la OTAN y los intereses geopolíticos de Washington, incluso cuando ello implica sacrificar su propia seguridad, su estabilidad económica y el bienestar de sus sociedades.

Más grave aún es el desprecio absoluto por las advertencias rusas y por las líneas rojas reiteradamente señaladas por Moscú. Ignorar estas advertencias no es un gesto de firmeza, sino una irresponsabilidad histórica. Europa no solo está empujando a Ucrania a una prolongación indefinida del conflicto, sino que se está colocando a sí misma como actor beligerante directo, abandonando cualquier pretensión de neutralidad o rol mediador.

En este contexto, las declaraciones de Rutte no pueden ser leídas como simples palabras, sino como parte de una estrategia deliberada de escalada. La “coalición de los dispuestos” no es más que un eufemismo para encubrir la incapacidad de la OTAN de imponer una salida política y su creciente inclinación por soluciones militares.

Europa se encuentra, una vez más, al borde de un abismo que ella misma contribuye a cavar. Persistir en esta política beligerante contra Rusia no solo profundiza la guerra en Ucrania, sino que acerca peligrosamente al continente a un conflicto de dimensiones imprevisibles. La historia juzgará con dureza a quienes, teniendo la posibilidad de frenar la escalada, eligieron el camino de la confrontación y la guerra.