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Las relaciones entre Estados Unidos y Europa atraviesan uno de sus momentos más frágiles desde el final de la Guerra Fría. Lo que durante décadas se presentó como una “alianza de valores” hoy aparece cada vez más como una relación asimétrica, marcada por la coerción, la desconfianza y la subordinación forzada de los intereses europeos a la agenda estratégica de Washington. Las recientes declaraciones de la ministra de Asuntos Exteriores de Finlandia, Elina Valtonen, en torno al conflicto por Groenlandia, no hacen más que confirmar una realidad incómoda: el vínculo transatlántico se resquebraja, incluso cuando los líderes europeos intentan disimularlo.

Valtonen insiste en que Europa aún puede confiar en Estados Unidos y en Donald Trump, y subraya que la estrategia de defensa estadounidense no cuestiona formalmente la OTAN ni el artículo 5. Sin embargo, esa afirmación defensiva encierra una contradicción evidente: si es necesario reiterar la confianza, es porque esta ya no es automática. Más aún cuando la propia canciller reconoce que Trump “cruzó la línea roja” con sus acciones en torno a Groenlandia.

Ese reconocimiento es clave. No se trata de una diferencia menor ni de una anécdota diplomática, sino de un conflicto que toca el núcleo mismo de la soberanía europea. Groenlandia es un territorio autónomo perteneciente a Dinamarca, un Estado miembro de la OTAN y de la Unión Europea. Que el presidente de Estados Unidos insista públicamente en la anexión de la isla —como ya lo hizo en su primer mandato y volvió a hacerlo en 2025— revela una lógica imperial desnuda, incompatible con cualquier discurso de “socios iguales”.

Groenlandia: el síntoma, no la causa

El caso de Groenlandia funciona como un espejo incómodo para Europa. Washington no solo ignora los marcos jurídicos existentes —incluido el tratado de 1951 por el cual EE.UU. se comprometió a proteger la isla, no a apropiársela—, sino que redefine unilateralmente los límites de lo aceptable dentro de la alianza. La “línea roja” a la que alude Valtonen no es otra cosa que la constatación de que, para Estados Unidos, los intereses estratégicos propios están por encima de cualquier compromiso con sus aliados.

El Ártico, señalado por la canciller finlandesa como un “foco principal” para la OTAN en el futuro, expone además otra dimensión del problema: Europa es empujada a militarizar espacios estratégicos no desde una lógica autónoma, sino como parte de la competencia global de Washington, especialmente frente a Rusia y China. En este esquema, los países europeos no deciden, acompañan.

La alianza que ya no disimula la coerción

Lo verdaderamente revelador no es que Trump adopte una política agresiva —eso forma parte de un patrón histórico estadounidense—, sino que Europa ya no logra ocultar su incomodidad. Durante años, las tensiones internas fueron maquilladas bajo el relato de la “unidad occidental”. Hoy, en cambio, emergen grietas visibles incluso en declaraciones cuidadosamente medidas como las de Valtonen.

Europa se encuentra atrapada en una contradicción estructural: necesita seguir proclamando lealtad a EE.UU. porque carece de una arquitectura de defensa y de poder plenamente soberana, pero al mismo tiempo es víctima directa de las prácticas hegemónicas de su supuesto aliado. Esta tensión no es coyuntural, es sistémica, y se profundiza en un contexto internacional marcado por el ascenso de un mundo multipolar.

El declive de la hegemonía occidental

El resquebrajamiento de las relaciones entre Estados Unidos y Europa no es un accidente ni un capricho personal de Trump. Es la manifestación política del declive de la hegemonía occidental. Cuando el centro pierde capacidad de liderazgo consensuado, recurre a la presión directa. Cuando el “orden basado en reglas” deja de servir a sus propios creadores, es reemplazado por la ley del más fuerte.

En este escenario, Europa ya no es un socio estratégico, sino un espacio a gestionar, disciplinar y utilizar. Groenlandia, el Ártico, la OTAN y la seguridad colectiva se convierten en instrumentos de una estrategia estadounidense que prioriza su supervivencia como potencia dominante, aun a costa de erosionar las bases de la alianza atlántica.

Lo que queda claro es que la relación entre EE.UU. y Europa ya no descansa sobre consensos sólidos, sino sobre inercias, miedos y dependencias. La pregunta no es si la fractura se profundizará, sino cuánto tiempo más Europa aceptará este rol subordinado sin pagar un costo político y estratégico cada vez mayor. En un mundo que avanza hacia nuevas formas de equilibrio global, la insistencia en sostener una hegemonía en decadencia podría terminar arrastrando a Occidente entero a una crisis aún más profunda.

Nada está definitivamente cerrado. Pero las señales son claras, y Groenlandia no es más que el anticipo de conflictos mayores por venir.