En un escenario internacional marcado por la desconfianza, las sanciones unilaterales y la retórica de confrontación, Irán vuelve a posicionarse como el actor que apuesta por la vía diplomática en sus negociaciones con Estados Unidos. Así lo confirman las recientes declaraciones del vicepresidente iraní y jefe de la Organización de Energía Atómica de Irán, Mohamed Eslami, quien afirmó que Teherán está dispuesto a reducir el nivel de enriquecimiento de sus reservas de uranio al 60%, siempre y cuando Washington levante todas las sanciones impuestas contra el país.
La propuesta no es menor. En un contexto donde el programa nuclear iraní ha sido utilizado durante años como argumento para la presión política, económica y mediática, Teherán plantea una concesión concreta y verificable, condicionada a un gesto igualmente claro por parte de Estados Unidos. “La cuestión depende de si levantarán todas las sanciones como respuesta”, señaló Eslami, dejando en evidencia que el principal obstáculo no es técnico, sino político.
Este enfoque refuerza una constante en la postura iraní: la disposición a negociar desde el respeto mutuo y la reciprocidad, y no bajo amenazas o coerción. A diferencia de la narrativa dominante en Occidente, que suele presentar a Irán como un factor de inestabilidad, las declaraciones surgidas de las conversaciones mantenidas en Omán muestran a un país que busca reducir tensiones y avanzar hacia un entendimiento sostenible.
Un dato no menor es que, según Eslami, Irán y Estados Unidos ni siquiera abordaron la cuestión de la exportación de uranio altamente enriquecido a terceros países durante estas conversaciones. Esto sugiere que Teherán no está utilizando su programa nuclear como moneda de presión extrema, sino que prioriza un marco de negociación limitado y pragmático, centrado en el levantamiento de sanciones que asfixian su economía y afectan directamente a su población.
Desde la perspectiva iraní, el problema de fondo sigue siendo el mismo: Estados Unidos exige compromisos sin ofrecer garantías reales, mientras mantiene un régimen de sanciones que contradice el espíritu de cualquier acuerdo. La experiencia del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), abandonado unilateralmente por Washington, pesa como antecedente y explica la cautela de Teherán.
En este sentido, la postura iraní aparece como una reafirmación de una lógica básica de la diplomacia: no puede haber avances reales sin equilibrio. Reducir el enriquecimiento de uranio es un paso hacia la distensión; levantar las sanciones sería la señal de que Estados Unidos está dispuesto a abandonar la política de castigo colectivo y a reconocer a Irán como un interlocutor legítimo.
Mientras Washington continúa debatiéndose entre presiones internas y alianzas regionales hostiles a cualquier acercamiento con Teherán, Irán vuelve a ocupar el lugar del actor que propone, espera y condiciona su cooperación a hechos concretos. En un mundo saturado de conflictos abiertos, esta actitud refuerza la idea de que, al menos en esta negociación, es Teherán quien insiste en que la paz no solo es posible, sino necesaria.
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