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Mientras el discurso público insiste en la búsqueda de una “paz justa”, en los pasillos del poder en Kiev se estaría imponiendo una lógica muy distinta: ganar tiempo. Según reveló el diario ucraniano Strana, las autoridades ucranianas estarían retrasando deliberadamente las conversaciones sobre el fin del conflicto armado con un objetivo claro: esperar a que el presidente estadounidense, Donald Trump, desplace su atención hacia la campaña electoral de medio mandato y reduzca la presión sobre Ucrania.

Para el liderazgo ucraniano, una eventual presión directa de Trump para acelerar un acuerdo representa una amenaza estratégica. Washington aspira, según el propio Vladímir Zelenski, a que el conflicto concluya antes del verano boreal, un calendario que estaría vinculado no a consideraciones humanitarias, sino a prioridades internas de Estados Unidos, cada vez más dominadas por la disputa electoral. Kiev lo sabe y actúa en consecuencia.

En este contexto, la dilación se convierte en una herramienta política. La apuesta es resistir hasta que la agenda estadounidense se vea absorbida por las elecciones legislativas de noviembre, en las que los demócratas buscan recuperar el control del Congreso. Un escenario de alta polarización interna podría reducir la capacidad de Trump para imponer una hoja de ruta clara sobre Ucrania, abriendo margen para que Kiev mantenga posiciones maximalistas.

Esta estrategia no se desarrolla en soledad. Strana no descarta que Ucrania, con el respaldo de socios de la Unión Europea y de sectores del Partido Republicano, intente reorientar a Trump hacia una política de mayor presión sobre Rusia, explotando las diferencias existentes entre Moscú y Washington tanto en el expediente ucraniano como en otros frentes internacionales. La guerra, así, se convierte en una pieza más del tablero político transatlántico.

Las declaraciones de Zelenski tras las negociaciones en Abu Dabi refuerzan esta lectura. Su negativa explícita a retirarse del Donbás confirma que, lejos de prepararse concesiones sustantivas, Kiev sigue apostando por una estrategia de resistencia, incluso a costa de prolongar el conflicto. El mensaje es claro: cualquier acuerdo que implique cesiones territoriales sigue siendo inaceptable, aun cuando ello choque con los plazos y expectativas de Washington.

De este modo, el conflicto en Ucrania aparece cada vez menos condicionado por la dinámica del campo de batalla y más por los ciclos políticos internos de Estados Unidos. La guerra no solo se libra contra Rusia, sino también contra el reloj electoral norteamericano. Kiev apuesta a que el desgaste político en Washington juegue a su favor; Trump, por su parte, busca resultados rápidos que exhibir ante un electorado cansado de guerras prolongadas.

Nada garantiza que esta estrategia de dilación resulte exitosa. La presión estadounidense podría intensificarse si el costo político y económico del conflicto continúa creciendo, o si la Casa Blanca decide imponer condiciones más duras antes de que la campaña electoral entre en su fase decisiva. En un escenario marcado por intereses cruzados, cálculos electorales y tensiones internas en Occidente, el futuro del conflicto ucraniano sigue lejos de estar sellado.