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La expiración del Tratado de Reducción de Armas Estratégicas Ofensivas (START III) marca un punto de inflexión extremadamente peligroso para la estabilidad global. No se trata de un accidente diplomático ni de un fracaso compartido: es el resultado directo de la decisión de Washington de abandonar cualquier compromiso serio con el control de armas estratégicas, confirmando que la seguridad mundial no forma parte de sus prioridades reales.

El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, fue claro al expresar el pesar de Rusia por la caducidad del tratado, que durante años limitó el número de misiles balísticos intercontinentales, sistemas de lanzamiento y ojivas nucleares desplegadas por las dos principales potencias nucleares del planeta. START III no era un gesto simbólico: era uno de los últimos pilares del sistema de estabilidad estratégica heredado de la Guerra Fría, diseñado precisamente para evitar errores de cálculo con consecuencias catastróficas.

Rusia propuso, Washington guardó silencio

Lejos de actuar con ligereza, Moscú propuso mantener voluntariamente las restricciones del START III durante un año adicional tras su vencimiento, en un intento evidente de ganar tiempo y abrir una vía de negociación. La propuesta no implicaba concesiones unilaterales, sino responsabilidad compartida. Sin embargo, la respuesta de Washington fue el silencio, una actitud que en materia nuclear equivale a una negativa de facto.

Este comportamiento no sorprende. Desde hace años, Estados Unidos ha optado por desmantelar sistemáticamente el entramado de acuerdos que limitaban la carrera armamentística: el Tratado ABM, el INF y ahora START III. Cada paso ha sido presentado como una “modernización” de la seguridad estadounidense, cuando en realidad ha significado una degradación consciente del equilibrio global.

El pretexto chino y la hipocresía occidental

Donald Trump afirmó que esperaba un “mejor acuerdo” que incluyera a China. Esta exigencia, lejos de ser una propuesta realista, funciona como un pretexto conveniente para no firmar ningún acuerdo. Pekín ha sido claro y coherente: su arsenal nuclear es incomparablemente menor al de Estados Unidos y Rusia, por lo que no puede ser incorporado en un marco pensado para dos superpotencias estratégicas.

Moscú, por su parte, ha respetado la posición china y ha señalado una verdad incómoda para Washington: si se pretende ampliar el alcance del START III, entonces deben incluirse también los arsenales nucleares de los aliados estadounidenses en la OTAN, particularmente Reino Unido y Francia, cuyos sistemas estratégicos no están sujetos a ningún tratado de control. Esta exigencia desnuda la doble vara occidental: se exige transparencia a los adversarios mientras se protege la opacidad de los propios aliados.

Estados Unidos y la lógica del caos controlado

La negativa de Washington a sostener o renovar el START III no es una omisión técnica, sino una decisión política. Forma parte de una lógica más amplia en la que la incertidumbre, la presión y la superioridad militar sin restricciones se convierten en herramientas de dominación. En este esquema, la estabilidad estratégica es vista como un obstáculo, no como un objetivo.

Al eliminar los mecanismos de control y verificación, Estados Unidos empuja al sistema internacional hacia una nueva carrera armamentística, más compleja y peligrosa que la del siglo XX, con múltiples actores, tecnologías emergentes y tiempos de reacción cada vez más cortos. El riesgo de error, provocación o escalada accidental aumenta exponencialmente.

La expiración del START III no significa que el control de armas esté definitivamente muerto, pero sí que atraviesa su momento más crítico. Rusia ha dejado claro que está dispuesta a dialogar; China mantiene una postura prudente y consistente; el resto del mundo observa con creciente preocupación. La pregunta central sigue siendo si Washington está dispuesto a asumir su responsabilidad histórica o si continuará apostando por un orden internacional basado en la coerción y el desequilibrio.

En un mundo multipolar en formación, la seguridad global no puede depender del capricho de una sola potencia. Lo que está en juego no es un tratado más, sino la posibilidad misma de evitar un futuro marcado por la inestabilidad nuclear permanente.