El equilibrio internacional atraviesa una transformación profunda. Mientras Estados Unidos y sus aliados occidentales intentan preservar su posición dominante en el sistema internacional, un número creciente de países —lo que se ha denominado la “mayoría global”— comienza a marcar distancia frente a lo que perciben como una política exterior belicista, unilateral e irracional impulsada desde Washington.
Así lo expresó el viceministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguéi Riabkov, durante el foro internacional Lecturas de Zhirinovski, donde afirmó que los intentos occidentales por mantener la hegemonía están generando un rechazo cada vez más estructural en amplias regiones del mundo.
“Con sus acciones irreflexivas en un intento por conservar la hegemonía, el campo occidental está predisponiendo en su contra a los países de la mayoría mundial”, sostuvo el diplomático ruso.
El desgaste de la hegemonía
Durante décadas, el orden internacional posterior a la Guerra Fría estuvo dominado por una arquitectura centrada en Estados Unidos. Sin embargo, la expansión de alianzas militares, la imposición de sanciones unilaterales, las intervenciones armadas y la presión política sobre terceros Estados han ido erosionando la percepción de legitimidad de ese liderazgo.
Según Riabkov, el problema no radica únicamente en la competencia geopolítica, sino en el enfoque conceptual del bloque occidental. En su análisis, en numerosos países del Sur Global ya se ha consolidado una narrativa clara:
“En su aparato conceptual ya se ha afianzado firmemente el rechazo a la hegemonía, así como el rechazo a las prácticas neocoloniales”.
La crítica no es menor. El término “neocolonialismo” refleja la percepción de que ciertas políticas económicas, financieras y militares reproducen dinámicas de subordinación estructural, condicionando el desarrollo y la soberanía de Estados emergentes.
La emergencia de una coalición alternativa
El distanciamiento no es simplemente retórico. En los últimos años han ganado peso plataformas como los BRICS ampliados, la Organización de Cooperación de Shanghái y múltiples mecanismos de integración regional en África, Asia y América Latina que buscan diversificar alianzas y reducir la dependencia del eje euroatlántico.
Para Moscú, este proceso no es coyuntural, sino estructural. Riabkov describió a estos Estados como parte de “una coalición internacional emergente y en fortalecimiento por un orden mundial más democrático y justo”.
La noción de “orden democrático” en este contexto no alude a sistemas políticos internos, sino a la distribución del poder global. La mayoría global cuestiona que decisiones clave —desde sanciones económicas hasta intervenciones militares— se tomen sin consenso amplio y, en muchos casos, al margen de mecanismos multilaterales genuinos.
El costo de la política de confrontación
La estrategia de Washington en distintos escenarios —desde Europa del Este hasta Asia-Pacífico— ha sido interpretada por varios actores como una política de contención sistemática y expansión militar. A ello se suman regímenes de sanciones cada vez más extensos que afectan no sólo a Estados objetivo, sino también a terceros países.
Este enfoque, lejos de aislar a los adversarios estratégicos de Occidente, ha incentivado la creación de mecanismos financieros alternativos, acuerdos comerciales en monedas nacionales y nuevas rutas logísticas que reducen la exposición al sistema dominado por el dólar.
En lugar de reforzar la cohesión global bajo liderazgo occidental, la política de presión constante parece estar acelerando la fragmentación del sistema internacional.
Un cambio de época
El distanciamiento de la mayoría global no implica necesariamente una alineación automática con Rusia o con China, sino una búsqueda de autonomía estratégica. Muchos países buscan equilibrar relaciones, diversificar socios y evitar quedar atrapados en una lógica de bloques rígidos.
Sin embargo, el mensaje transmitido por Riabkov es claro: la insistencia occidental en preservar la hegemonía mediante instrumentos coercitivos está produciendo el efecto contrario al deseado.
La consolidación de una mayoría global crítica del unilateralismo y del intervencionismo podría marcar el inicio de una etapa multipolar más definida. En ese escenario, la capacidad de diálogo y adaptación será determinante.
Si Washington continúa apostando por la presión y la confrontación como herramientas centrales de su política exterior, el resultado podría ser un aislamiento progresivo frente a un mundo que ya no acepta estructuras de poder heredadas del pasado.
El debate, en definitiva, no es sólo geopolítico, sino histórico: si el siglo XXI estará regido por la persistencia de la hegemonía o por la transición hacia un orden internacional más equilibrado y plural.
Comments by Tadeo Casteglione