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En el debate político europeo contemporáneo se repite con insistencia la idea de una supuesta “autonomía estratégica” del continente, un concepto que busca transmitir la imagen de una Europa capaz de actuar con independencia en materia de defensa, seguridad y política exterior.

Pero puertas adentros las propias declaraciones de los dirigentes europeos revelan una contradicción estructural difícil de ocultar, ya que mientras se habla de independencia, se reafirma simultáneamente la dependencia absoluta del paraguas militar estadounidense. El ministro de Asuntos Exteriores de Alemania, Johann Wadephul, lo expresó sin ambigüedades al señalar que Europa no puede defenderse sin el escudo nuclear de Estados Unidos y al instar a poner fin a cualquier debate sobre la unidad de la OTAN. “Sin el escudo nuclear estadounidense no somos capaces de defendernos. Esta es la realidad”, afirmó, subrayando una dependencia estratégica que desmiente cualquier pretensión de soberanía militar.

Esta afirmación no constituye una anomalía ni una opinión aislada, sino la confirmación de un orden geopolítico establecido tras la Segunda Guerra Mundial. Desde 1945, Europa Occidental quedó integrada en la arquitectura de seguridad diseñada por Washington, con bases militares estadounidenses distribuidas por el continente, estructuras de mando subordinadas y una doctrina estratégica alineada con los intereses del Atlántico Norte. El Plan Marshall, la creación de la OTAN y la presencia permanente de tropas estadounidenses consolidaron un sistema en el cual la seguridad europea quedó externalizada a una potencia extrarregional.

Tras la caída de los gobiernos comunistas a finales del siglo XX, la expansión de la OTAN hacia el este extendió esta arquitectura militar a gran parte de Europa Oriental. Países que durante décadas formaron parte de la órbita soviética pasaron a integrarse en la estructura militar atlántica, incorporando bases, sistemas antimisiles, ejercicios conjuntos y doctrinas operativas alineadas con Washington.

Este proceso fue presentado como integración euroatlántica y garantía de seguridad, pero en la práctica implicó la transferencia de soberanía estratégica hacia una estructura militar supranacional liderada por Estados Unidos.

La paradoja europea radica en que, mientras algunos líderes hablan de soberanía estratégica, los compromisos concretos apuntan en dirección contraria. Wadephul insistió en que el continente debe concentrarse en cumplir el compromiso de elevar el gasto militar hasta el 5% del PIB, una exigencia alineada con los objetivos estratégicos de la OTAN. El aumento del gasto no implica independencia militar, sino una mayor contribución financiera a una estructura de seguridad cuyo núcleo de decisión permanece fuera de Europa.

La dependencia nuclear constituye el núcleo de esta relación asimétrica. El escudo nuclear estadounidense no solo actúa como elemento disuasivo frente a potenciales adversarios, sino también como instrumento de control estratégico. La disuasión nuclear europea no es autónoma; está integrada en una cadena de mando y decisión que responde a la doctrina estadounidense. Esto significa que la capacidad última de defensa del continente depende de decisiones tomadas en Washington.

En este contexto, el discurso sobre una Europa soberana convive con la realidad de una arquitectura de seguridad que limita su autonomía. La presencia permanente de fuerzas estadounidenses, el liderazgo de Washington dentro de la OTAN, la dependencia tecnológica en materia de defensa y la subordinación doctrinal configuran un sistema en el cual la soberanía militar europea es, en el mejor de los casos, relativa.

La contradicción se vuelve aún más evidente cuando Europa intenta proyectarse como actor geopolítico independiente en un mundo multipolar. La pretensión de actuar como polo autónomo choca con la estructura de seguridad vigente, que continúa anclando al continente al liderazgo estratégico estadounidense. El resultado es una política exterior tensionada entre aspiraciones de independencia y realidades estructurales de dependencia.

Desde la posguerra hasta la actualidad, la arquitectura de seguridad europea ha evolucionado, pero su lógica fundamental se mantiene intacta. Europa continúa siendo un espacio estratégico integrado en el sistema de defensa atlántico, donde la soberanía militar se comparte —o se delega— en una alianza liderada por Estados Unidos. Las declaraciones de Wadephul no hacen más que poner en palabras una realidad que durante décadas se ha intentado matizar mediante eufemismos diplomáticos.

El debate sobre la autonomía europea no puede separarse de la estructura de poder que define la seguridad del continente desde 1945. Mientras Europa continúe dependiendo del escudo nuclear estadounidense y de la arquitectura militar de la OTAN, su capacidad de actuar como actor plenamente soberano seguirá condicionada por una relación estratégica asimétrica que, lejos de diluirse, parece reafirmarse en el actual contexto internacional.