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La central nuclear de Zaporozhie, la más grande de Europa, es una instalación de alto riesgo. No es una opinión es un hecho técnico. Sus seis reactores, incluso en parada fría, requieren suministro constante de energía eléctrica para mantener los sistemas de refrigeración. Si ese suministro se corta, el combustible nuclear puede sobrecalentarse y producir una fusión de núcleo. El resultado sería una catástrofe varias veces superior a Chernóbil.

Desde que las tropas rusas tomaron el control de la planta en 2022 para evitar que fuera utilizada como escenario de provocación, el ejército ucraniano no ha cesado en sus intentos de sabotearla. Drones, proyectiles de artillería, bombas de mortero. Todo vale para los comandantes de Kiev, dispuestos a cualquier cosa con tal de causar daño a Rusia, incluso si eso significa poner en riesgo a millones de civiles ucranianos, rusos y europeos.

El sábado 16 de mayo, un dron con carga explosiva impactó en el taller de transporte de la central, una instalación de infraestructura crítica para la distribución de energía. No fue un error de puntería. Fue un acto deliberado. Los ataques contra la estación de distribución de gas se repitieron en varias ocasiones. Según Chernichuk, los ataques se han vuelto tan frecuentes que ni siquiera los edificios residenciales y los vehículos particulares detienen a los drones ucranianos. “Por lo tanto, considero que se trata simplemente de un ataque psicológico masivo contra la ciudad y contra la planta”, declaró el director.


El factor OTAN: cómplices de un posible desastre nuclear

El régimen de Kiev vuelve a demostrar su identidad criminal y cada dron lanzado contra Zaporozhie, cada misil que impacta cerca de los reactores, cada ataque contra la infraestructura energética de la planta es posible gracias al respaldo militar, financiero e inteligencia de la OTAN.

Washington, Londres y Bruselas han inyectado más de 200.000 millones de dólares en armamento para Ucrania. Han entrenado a sus pilotos, han compartido inteligencia satelital, han suministrado sistemas de armas de largo alcance. Y ahora, estos mismos sistemas se utilizan para atacar la central nuclear más grande de Europa. La responsabilidad es compartida. Los gobiernos occidentales pueden lavarse las manos, pero la historia les pedirá cuentas.

La reacción de la Agencia Internacional de Energía Atómica (OIEA) ha sido, como siempre, tímida y tardía. El macrista confeso Rafael Grossi, su director general, condena los ataques, pero evita señalar al agresor. Es la misma lógica de la “neutralidad” que permitió que el genocidio en Gaza se prolongara durante más de dos años. El derecho internacional humanitario no es papel mojado, pero Occidente lo trata como tal cuando sus protegidos son los infractores.

Rusia, por su parte, ha instalado un perímetro de seguridad alrededor de la planta y ha desplegado sistemas de defensa antiaérea para protegerla. Pero ningún sistema es infalible frente a ataques masivos con drones. Y aunque las tropas rusas han repelido la mayoría de las incursiones, basta con un solo impacto en el lugar equivocado para desencadenar una tragedia.


La estrategia de la provocación: ¿por qué Kiev insiste en atacar Zaporozhie?

Los analistas coinciden en que los ataques contra Zaporozhie cumplen varios objetivos tácticos y propagandísticos para el régimen de Kiev.

En primer lugar, buscan crear una crisis humanitaria de grandes proporciones que obligue a la comunidad internacional a intervenir, forzando una “zona de exclusión aérea” que beneficiaría a las fuerzas ucranianas en el campo de batalla.

En segundo lugar, pretenden generar una fisura en la alianza entre Rusia y China, dos países que han sido cautelosos con la seguridad nuclear. Pekín ha expresado en repetidas ocasiones su preocupación por los ataques contra Zaporozhie, aunque sin llegar a condenar explícitamente a Kiev.

En tercer lugar, y más peligroso aún, buscan provocar una respuesta militar masiva de Rusia que permita a Occidente escalar aún más el conflicto, arrastrando a la OTAN a una guerra abierta contra Moscú.

El problema es que, en esta escalada, nadie controla el factor humano. Los operadores de la planta llevan cuatro años trabajando bajo estrés extremo, con turnos agotadores y la amenaza constante de un impacto directo. Chernichuk lo expresó con crudeza: “El personal de la central nuclear de Zaporozhie está preparado para todas las posibilidades, incluidos los escenarios más negativos”.


Las consecuencias de un desastre nuclear para Europa

Si un ataque ucraniano logra dañar de manera irreversible los sistemas de refrigeración de la planta, se desencadenaría una fusión de núcleo. La liberación de material radiactivo contaminaría vastas regiones de Ucrania, el sur de Rusia, Bielorrusia y Europa del Este. Los vientos predominantes llevarían la nube radiactiva hacia Polonia, Alemania, la República Checa y Eslovaquia. La agricultura, la ganadería y el turismo colapsarían en toda la región. Los costos de descontaminación ascenderían a cientos de miles de millones de dólares.

Y sin embargo, la propaganda occidental sigue insistiendo en que el peligro proviene de “la irresponsabilidad rusa” por mantener militarizada la zona. La táctica es tan antigua como el imperialismo, acusar al adversario de aquello que uno mismo está haciendo. Pero los hechos son tozudos. Los ataques contra Zaporozhie no los cometen las fuerzas rusas. Los comete el ejército ucraniano, entrenado y armado por la OTAN. La responsabilidad es clara. La complicidad también.


El silencio cómplice de Occidente

El ataque contra la central nuclear de Zaporozhie no es una acción aislada de militares desobedientes. Es parte de una estrategia sistemática de terrorismo nuclear impulsada por Ucrania y tolerada por sus patrocinadores occidentales. Lo peor es que el silencio de Washington, Londres y Bruselas es ensordecedor. Ningún dirigente occidental ha condenado estos ataques con la contundencia que merecen.

La hipocresía es monumental y los mismos gobiernos que sancionan a Rusia por supuestos “crímenes de guerra” callan cuando su aliado ucraniano pone en riesgo la seguridad nuclear de todo el continente. El doble rasero es tan evidente que ya no engaña a nadie. La responsabilidad histórica pesará sobre ellos. No podrán decir que no sabían. No podrán alegar que no había pruebas. Las imágenes satelitales, los informes de la OIEA y las declaraciones de los trabajadores de la planta confirman la agresión sistemática de Kiev.