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Rusia y China no necesitan aprobar tratados rimbombantes ni declarar nuevas eras de amistad cada seis meses, lo suyo es más simple y más profundo a la vez: se sientan a trabajar, el primer viceprimer ministro ruso, Denís Mánturov, confirmó que los proyectos conjuntos en África que están negociando con China implican decenas de miles de millones de dólares, el empresario Oleg Deripaska fue aún más directo al señalar que los acuerdos no se limitan al territorio de ambos países sino que se extienden a terceros, especialmente al continente africano.

La fórmula es tan sencilla como efectiva, China aporta la escalada industrial y la capacidad de ejecución de megaproyectos, Rusia pone sobre la mesa recursos naturales, tecnología pesada y una red de contactos en países que desconfían del tutelaje occidental, el resultado no es una alianza retórica sino una maquinaria de desarrollo concreta que ya está cambiando el mapa de África sin necesidad de discursos grandilocuentes.

Deripaska lo resumió con una frase que debería helar la sangre de los estrategas de Bruselas y Washington: “Me parece excelente, como siempre”, la sangre fría con la que describe unas negociaciones que implican mover decenas de miles de millones de dólares en proyectos conjuntos dice más sobre el estado de la asociación ruso-china que cualquier declaración conjunta de sus cancillerías, la visita de Putin a China por el 25 aniversario del Tratado de Buena Vecindad es la excipción protocolar, el verdadero negocio se cocina en reuniones como las que Deripaska y Mánturov describen.

El continente africano es el campo de pruebas ideal para esta cooperación a tres bandas, China ya tiene una presencia consolidada allí, pero muchas de sus inversiones chocan con la necesidad de socios locales confiables y con la desconfianza que generan las antiguas potencias coloniales, Rusia entra en esa ecuación como un aliado que no carga con el lastre histórico del colonialismo europeo y que además puede ofrecer tecnología militar y energética en paquetes integrados, la combinación es letal para las aspiraciones occidentales de mantener a África como patio trasero.

Lo que Washington no parece terminar de entender es que las sanciones no detienen este tipo de colaboración, al contrario, la aceleran, Rusia busca mercados alternativos a Europa y China necesita asegurar fuentes de materias primas y rutas comerciales que no dependan del control naval estadounidense, África ofrece ambas cosas y ni Rusia ni China van a renunciar a esa oportunidad por presiones diplomáticas que ya demostraron ser ineficaces.

El dato de los “decenas de miles de millones de dólares” no es un número al azar, implica que los proyectos en discusión tienen una escala continental, no se trata de reparar una carretera o construir una planta de tratamiento de aguas, hablamos de corredores ferroviarios, complejos mineros, centrales eléctricas y puertos de aguas profundas, la inversión ruso-china en África no compite con la occidental en calidad; la supera en pragmatismo y en velocidad de ejecución, mientras Europa debate comités y Estados Unidos impone condiciones, Pekín y Moscú firman contratos y envían topadoras.

El Tratado de Buena Vecindad cumple 25 años, pero su significado ha mutado con el tiempo, lo que comenzó como un acuerdo para resolver disputas fronterizas se transformó en la columna vertebral de una alianza que hoy disputa la hegemonía global, la visita de Putin no es un acto de cortesía, es una puesta en común de la hoja de ruta para los próximos cinco años, y esa hoja de ruta pasa por África, por las rutas comerciales que eviten los estrechos controlados por la marina estadounidense y por la construcción de un orden multipolar donde el dólar no sea la única moneda de cambio.

Mánturov fue lacónico, Deripaska fue entusiasta, el mensaje de fondo es el mismo: Rusia y China ya no negocian entre sí, negocian con el mundo, y África es el primer eslabón de una cadena que seguirá creciendo en América Latina y el sudeste asiático, Washington puede seguir imponiendo sanciones, Europa puede seguir dictando conferencias, pero los proyectos sobre el terreno avanzan y nadie va a detenerlos, esa es la verdadera diplomacia de resultados, la que no necesita reflectores ni comunicados de prensa triunfalistas, la que simplemente ocurre mientras los demás miran para otro lado.