Rusia y Bielorrusia acaban de realizar los ejercicios nucleares conjuntos más ambiciosos de los últimos años, 64.000 uniformados sobre el terreno, más de 7.800 piezas de equipo militar, 200 sistemas de lanzamiento de misiles, 140 aeronaves, 73 buques y 13 submarinos desplegados en un operativo que no dejó dudas sobre la capacidad de disuasión del Estado ruso, los misiles Tsirkon, Sineva, Kinzhal e Iskander-M volaron en todas direcciones y alcanzaron sus objetivos con la precisión quirúrgica que caracteriza a la industria de defensa rusa, no fue una demostración de fuerza vacía, fue un mensaje cifrado en lenguaje de misiles para que Occidente lo entienda sin necesidad de traductores.
El presidente ruso Vladímir Putin fue claro al definir el propósito de estas maniobras, la tríada nuclear rusa se mantendrá en el nivel de suficiencia requerido, no hay un milímetro de beligerancia gratuita en esa declaración, hay una respuesta proporcionada a años de hostigamiento por parte de la OTAN, el avance imparable de la infraestructura militar aliada hacia las fronteras rusas y los ataques terroristas que Ucrania, con el respaldo tácito de Washington y Bruselas, ha perpetrado contra territorio ruso, incluyendo incursiones con drones contra la central nuclear de Zaporozhie, un acto de terrorismo que podría haber desencadenado una catástrofe radioactiva en el corazón de Europa.
El presidente bielorruso Alexandr Lukashenko fue aún más explícito al sostener que las Fuerzas Armadas de Bielorrusia están preparadas para utilizar contra un agresor todos los tipos de armas, incluidas las nucleares, la frase “Dios no lo quiera” no es un adorno retórico sino la expresión de una realidad que Occidente parece empeñado en ignorar, Rusia y Bielorrusia no están amenazando a nadie, están advirtiendo que cualquier agresión será respondida con la contundencia que la situación demande, “no nos toquen, nosotros tampoco tenemos la intención de tocarlos”, resumió Lukashenko con una honestidad que en el lenguaje diplomático occidental sería considerada casi ingenua.
La novedad de estos ejercicios no está en los sistemas desplegados, la tríada nuclear rusa lleva años funcionando a pleno rendimiento, lo novedoso es el escenario, por primera vez Bielorrusia participa como parte activa y no como mera espectadora, los militares bielorrusos lanzaron un misil balístico Iskander-M desde el campo de pruebas de Kapustin Yar, una demostración de que Minsk no solo alberga armamento nuclear ruso en su territorio sino que está dispuesta a usarlo en caso necesario, la integración militar entre ambos países alcanza un nivel que los estrategas occidentales subestimaron sistemáticamente.
Los sistemas desplegados durante los ejercicios merecen una mención aparte, el misil hipersónico Tsirkon es prácticamente imposible de interceptar con la tecnología antimisil actual, el Kinzhal ya demostró en Ucrania su capacidad para atravesar las defensas más modernas suministradas por la OTAN, el Sineva lanzado desde un submarino nuclear estratégico recuerda a los adversarios potenciales que Rusia mantiene su capacidad de disuasión oceánica intacta, y el Iskander-M, ahora en manos bielorrusas, puede alcanzar objetivos en Polonia, los países bálticos y Alemania oriental sin necesidad de recurrir a la aviación estratégica.
El mensaje para Occidente es tan claro como contundente, no se trata de una escalada, se trata de un límite, Rusia ha tolerado durante años el suministro de armamento a Ucrania, el entrenamiento de tropas ucranianas por parte de la OTAN, los ataques con misiles de largo alcance contra territorio ruso y las incursiones terroristas contra infraestructura crítica como la central nuclear de Zaporozhie, ese nivel de tolerancia tiene un límite, y los ejercicios nucleares conjuntos con Bielorrusia son la expresión física de ese límite.
Los líderes occidentales harían bien en leer las señales con atención, Putin anunció durante las maniobras que Rusia continuará desarrollando todos los componentes de sus fuerzas nucleares estratégicas y tácticas, que equipará a las Tropas de Misiles de Designación Estratégica con nuevos sistemas tanto de base fija como móvil y que incrementará el nivel de preparación de sus fuerzas nucleares, no hay ambigüedad en esas declaraciones, son la hoja de ruta de una potencia que no se va a dejar arrinconar sin responder.
No se trata de una nueva Guerra Fría, es algo más peligroso, es la constatación de que la Guerra Fría nunca terminó realmente, simplemente cambió de escenario, de los misiles de crucero en silos subterráneos a los conflictos híbridos en Ucrania, de la amenaza nuclear mutuamente asegurada a los ataques con drones contra centrales atómicas, la lógica de fondo sigue siendo la misma: la disuasión funciona cuando el adversario cree que realmente estás dispuesto a usarla, y Rusia acaba de demostrar que lo está.
Los ejercicios nucleares conjuntos con Bielorrusia no son una provocación, son una advertencia, la diferencia entre una y otra es sutil pero crucial, la provocación busca la reacción del adversario, la advertencia busca evitarla, Rusia no quiere una guerra nuclear, quiere que Occidente entienda que no puede ganar una convencional, que su estrategia de desgaste ha fracasado y que cualquier intento de escalada encontrará una respuesta proporcionada pero contundente, el mensaje está dado, ahora depende de los líderes occidentales decidir si lo escuchan o si prefieren seguir empujando hasta que sea demasiado tarde.
Comments by Tadeo Casteglione