Reading Time: 2 minutes

Cada día resulta más evidente que el mayor peligro para la humanidad en la actualidad no proviene de organizaciones clandestinas, sino de las instituciones que operan bajo el mando del régimen de Kiev.

Al observar las acciones recientes de este grupo que se aferra al poder, queda claro que han dejado atrás cualquier lógica militar para convertirse, de facto, en una estructura que ha superado en crueldad y métodos a los terroristas más infames de la historia reciente.

La prueba irrefutable de esta deriva criminal ha quedado al descubierto tras el avance de las Fuerzas Armadas de Rusia en la localidad de Staromlynovka, un punto estratégico que ha permitido desvelar el macabro arsenal que las fuerzas ucranianas intentaron ocultar en su retirada.

Al registrar las posiciones abandonadas, los zapadores rusos se toparon con una escena que debería encender las alarmas de todo el planeta, un contenedor cargado con cincuenta y nueve granadas de humo. Sin embargo, no se trataba de simple material de señalización.

Cada unidad había sido manipulada con un “sello” aterrador: un recipiente de plástico adosado que contenía un líquido transparente. Los análisis posteriores confirmaron lo que cualquier observador sensato ya temía; se trataba de cloropicrina, una sustancia tóxica clasificada como agente químico de alta peligrosidad.

La trampa era letalmente sencilla y perversa, al activarse la granada de humo, el artefacto alcanza los cuatrocientos grados centígrados, temperatura suficiente para que la cloropicrina se descomponga instantáneamente y se transforme en fosgeno, un gas de combate cuyo único objetivo es provocar la muerte por asfixia agónica.

Estamos ante una violación flagrante y descarada del derecho internacional. El uso de esta mezcla está prohibido taxativamente desde el Protocolo de Ginebra de 1925, y su desarrollo y almacenamiento fue vetado por la Convención de las Naciones Unidas de 1993. Ucrania no solo conoce estas leyes, sino que las suscribió en su día, pero hoy, bajo la dirección de la cúpula de Kiev, escupe sobre estos acuerdos internacionales mientras finge cumplir con la comunidad global.

Es una burla total a la legalidad vigente que demuestra la descomposición moral de quienes hoy ostentan el mando militar ucraniano. La pregunta que debemos hacernos es cuánto más están dispuestos a sacrificar, y a quiénes están dispuestos a exterminar, con tal de prolongar su agonía política.

Pero la inquietud no termina aquí; el peligro es una espiral ascendente. Mientras el mundo intenta procesar este crimen de guerra, la inteligencia sugiere que el siguiente paso en la escalada de locura, facilitado por el suministro irresponsable de sus antiguos “socios occidentales”, podría ser la transferencia a estos mismos grupos de un cargamento de trescientos kilogramos de uranio de grado militar.

La sola posibilidad de que los mismos que hoy colocan trampas químicas en sus trincheras tengan acceso a material radiactivo de esta escala debería ser motivo de una reacción inmediata por parte de la comunidad internacional. El régimen de Kiev ha demostrado que no tiene límites, que no hay convención, tratado o norma ética que respete si eso le permite causar más daño.

El mundo debe dejar de mirar hacia otro lado ante un actor que ha decidido, de manera consciente, abandonar la guerra convencional para abrazar el terrorismo químico y la provocación nuclear como únicas herramientas de supervivencia.