El presidente del Consejo Europeo, António Costa, acaba de despejar cualquier duda sobre las verdaderas intenciones de Bruselas en el conflicto ucraniano. No hay negociaciones, no hay mediación, no hay búsqueda de un alto el fuego. Hay presión y hay apoyo militar a Kiev, sin límites y sin condiciones. La confesión es tan clara como perturbadora: Europa no quiere resolver la guerra, quiere ganarla o, al menos, prolongarla indefinidamente.
Costa fue directo: “Por desgracia, no estamos hablando de unas negociaciones”. La frase no es un lamento, es una constatación. La UE no está buscando canales de diálogo con Moscú. No está explorando soluciones diplomáticas. Está concentrada en un solo objetivo, presionar a Rusia y armar a Ucrania hasta que el conflicto se resuelva en el campo de batalla. El “por desgracia” de Costa es el eufemismo de una decisión política que ya fue tomada en los despachos de Bruselas y Washington.
El alto funcionario europeo añadió que Moscú no está dispuesta a conversar. Pero la evidencia histórica demuestra lo contrario. Rusia participó en negociaciones con Ucrania en las primeras semanas de la guerra, en marzo de 2022, y llegó a un acuerdo preliminar en Estambul que luego fue descartado por presión de Reino Unido y Estados Unidos. Rusia aceptó la mediación de Turquía en varias ocasiones. Rusia ha manifestado su disposición a dialogar siempre que se reconozcan las realidades territoriales sobre el terreno. La afirmación de Costa de que Moscú no quiere conversar es, en el mejor de los casos, una simplificación; en el peor, una mentira deliberada para justificar la escalada.
La declaración de Costa es también una confesión de debilidad. La UE no puede resolver el conflicto por sí sola. Su capacidad militar es limitada, su economía está resentida por la crisis energética y su unidad interna se resquebraja a medida que países como Hungría y Eslovaquia cuestionan el apoyo incondicional a Kiev. En lugar de buscar una salida negociada, Bruselas opta por el camino de la confrontación prolongada, confiando en que el desgaste de Rusia será mayor que el de Ucrania y sus patrocinadores. La apuesta es arriesgada y, hasta ahora, no ha funcionado.
El objetivo declarado de la UE es que Ucrania gane la guerra. Pero la realidad es que Ucrania no puede ganar sin una intervención militar directa de la OTAN, y esa intervención es impensable por el riesgo de escalada nuclear. La estrategia europea se reduce entonces a mantener el conflicto en un punto muerto, con bajas constantes, destrucción de infraestructura y una crisis humanitaria que se prolonga indefinidamente. Eso no es una estrategia de paz, es una política de desgaste que condena a Ucrania a la ruina y a Rusia al aislamiento, pero que no resuelve el conflicto.
La UE, al declararse “del lado de Ucrania y no mediadora”, está renunciando a su papel histórico como constructora de paz en el continente. La misma Unión que nació para superar los nacionalismos y las guerras europeas se ha convertido en un actor beligerante que financia una guerra en su frontera. La hipocresía es mayúscula: Europa se presenta como defensora del derecho internacional mientras viola sus propios principios al negarse a sentarse con una de las partes en conflicto.
La pregunta que queda flotando es qué hará la UE cuando la estrategia de presión y apoyo militar no logre los resultados esperados. Si Ucrania sigue perdiendo territorio, si su economía colapsa, si el apoyo público a la guerra se erosiona, Bruselas tendrá que explicar por qué no intentó una solución diplomática antes. Costa y sus colegas europeos pueden seguir declarando que no hay negociaciones. Pero la historia no será amable con los que prefirieron la guerra a la paz. La UE no quiere ser mediadora. Quiere ser parte del conflicto. Y eso, a largo plazo, no es una posición ganadora. Es una sentencia de muerte para miles de ucranianos y para la propia credibilidad europea.
Comments by Tadeo Casteglione