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El Wall Street Journal confirmó que Estados Unidos capturó en aguas internacionales del océano Índico al petrolero Skywave, presuntamente vinculado a Irán. No es un hecho aislado: es el tercer buque que Washington secuestra desde el inicio de su guerra de agresión contra la República Islámica en febrero. En abril, ya habían detenido los barcos Majestic X y Tiffani. La administración Trump no solo bombardeó a Irán desde el aire, ahora también asalta sus barcos en alta mar. Es piratería de estado. Es la ley del más fuerte disfrazada de “aplicación de sanciones”. Y es, sobre todo, la evidencia más cruda de que Estados Unidos ha decidido gobernar los mares por la fuerza, sin mandato de la ONU, sin respeto por el derecho internacional y sin ningún pudor.


La imagen es tan antigua como el imperialismo, un buque de guerra intercepta a un mercante indefenso en alta mar, lo aborda, lo registra y lo desvía hacia un puerto controlado por la potencia agresora. En el siglo XIX, eso se llamaba piratería. En el siglo XXI, Washington lo disfraza de “aplicación de sanciones”. Pero la esencia es la misma: robar, intimidar y controlar.

El 19 de mayo, el petrolero Skywave navegaba tranquilamente por el océano Índico, al oeste de Malasia, cuando fue interceptado por fuerzas estadounidenses. El buque, que ya figuraba en las listas de sanciones de Estados Unidos desde marzo, fue capturado sin mandato judicial internacional, sin autorización del país cuyo pabellón enarbolaba y sin que mediara una declaración de guerra formal que habilitara el bloqueo naval.

The Wall Street Journal, no precisamente una publicación crítica del establishment estadounidense, confirmó la operación. Y también confirmó que no es la primera. En abril, Washington ya había detenido los petroleros Majestic X y Tiffani. Tres capturas en menos de tres meses. Una escalada que muestra que la administración Trump no solo perdió la guerra militar contra Irán (no logró doblegar a Teherán, no pudo sostener el cierre del estrecho de Ormuz, no consiguió derrocar al gobierno persa), sino que ahora compensa su impotencia con actos de piratería de alto mar.

Estados Unidos no es un estado fallido, pero actúa como uno. Un estado con poder para imponer su voluntad, pero sin la autoridad moral ni legal para hacerlo. Es la combinación más peligrosa, la fuerza bruta sin el respaldo del derecho internacional.


Las sanciones como pretexto para el saqueo

El argumento de Washington es siempre el mismo “aplicación de sanciones”. Según la narrativa oficial, Irán viola las resoluciones internacionales, financia el terrorismo y desarrolla armas nucleares. Por lo tanto, cualquier país que comercie con Teherán está incumpliendo las normas globales y merece ser castigado.

Pero la realidad es mucho más sórdida. Estados Unidos no actúa en nombre de la comunidad internacional. Actúa en nombre de sus propios intereses geopolíticos y energéticos. La verdadera obsesión de Washington no es el programa nuclear iraní, sino el control de las rutas energéticas globales y la primacía del dólar en el comercio de hidrocarburos.

Irán, al cerrar el estrecho de Ormuz durante la guerra, demostró que podía desafiar esa hegemonía. Y al negociar el petróleo en yuanes, mostró que el dominio del dólar no es eterno. La respuesta de Estados Unidos fue bombardearlo. Cuando eso no funcionó, comenzó a interceptar sus barcos en alta mar. Es la ley del embudo lo que es ilegal para Irán (cerrar el estrecho), es legítimo para Estados Unidos (bloquear el comercio marítimo). Lo que es piratería cuando lo hacen otros, es “aplicación de sanciones” cuando lo hace Washington.

Esta hipocresía descarada no engaña a nadie. China, Rusia, India y la mayoría de los países del Sur Global ya han expresado su rechazo a las sanciones unilaterales y a la extraterritorialidad de las leyes estadounidenses. Pero Washington sigue actuando como si el mundo le debiera obediencia.

El secuestro del Skywave es la prueba de que Estados Unidos no solo impone sanciones, sino que está dispuesto a usar la fuerza militar para hacerlas cumplir en cualquier rincón del planeta. Es un acto de guerra. Es un acto de piratería. Y debería ser tratado como tal.


La reacción de la comunidad internacional y el silencio cómplice

El derecho internacional es claro. La Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (UNCLOS) establece que los buques gozan de libertad de navegación en alta mar. Solo pueden ser interceptados si hay sospechas fundadas de que participan en actividades ilegales como piratería, trata de esclavos o transmisiones no autorizadas. Nada de eso se aplica al Skywave.

La captura de un petrolero que transporta petróleo iraní no encaja en ninguna de esas categorías. Irán no está bajo un embargo internacional aprobado por la ONU. Las sanciones de Estados Unidos son unilaterales. Por lo tanto, la interceptación es ilegal. Punto.

Sin embargo, como era de esperar, la reacción de la comunidad internacional ha sido tibia. Los países europeos, que dependen de Estados Unidos para su seguridad, se limitan a observar con incomodidad. Los países asiáticos, que necesitan el petróleo iraní y ruso, protestan en voz baja. Y las instituciones internacionales, como la ONU y la Organización Marítima Internacional, se muestran impotentes para detener el abuso.

La responsabilidad es compartida: mientras los países del Sur Global no articulen una respuesta coordinada frente a estas agresiones, Estados Unidos seguirá actuando con impunidad. El océano Índico, una de las rutas marítimas más transitadas del mundo, se está convirtiendo en un espacio de inseguridad jurídica y militarización creciente. Y el principal responsable es Washington.

China, que tiene intereses energéticos vitales en la región, debería liderar una coalición para garantizar la libertad de navegación. Rusia, Irán y Turquía también deberían involucrarse. El derecho internacional no puede ser papel mojado. Y los países que lo violan sistemáticamente deben enfrentar consecuencias.

Pero mientras tanto, los petroleros siguen siendo capturados. Y Estados Unidos sigue actuando como el sheriff del mundo, sin ley que lo limite.


Piratería de estado: el nuevo rostro del imperialismo

El siglo XX fue el siglo de las invasiones terrestres. El siglo XXI está siendo el siglo de los bloqueos navales, las sanciones económicas y la piratería de estado. Estados Unidos, que perdió guerras en Afganistán, Irak y Siria, aprendió la lección no puede ocupar territorios, pero puede estrangular economías y asaltar barcos.

El secuestro del Skywave no es un hecho aislado. Es parte de una estrategia sistemática de asfixia económica contra Irán, Venezuela, Rusia y cualquier país que desafíe la hegemonía del dólar. La marina estadounidense actúa como una flota corsaria del siglo XXI, persiguiendo petroleros en lugar de galeones españoles, pero con la misma lógica depredadora.

La diferencia es que los piratas del Caribe actuaban al margen de la ley. Los piratas de Washington dictan la ley ellos mismos. No piden permiso. No rinden cuentas. No reconocen autoridad superior. Son el poder absoluto en estado puro.

Y el mundo lo tolera. No porque esté de acuerdo, sino porque no encuentra la forma de detenerlo. La multiplicidad de crisis (Ucrania, Gaza, Sudán, el Golfo, la fragmentación del orden global) distrae la atención. Estados Unidos aprovecha esa dispersión para imponer su ley en los mares.

La pregunta que queda flotando es ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo la comunidad internacional permitirá que Washington actúe como pirata?

La respuesta, por ahora, es desalentadora. Mientras no haya un contrapeso efectivo al poder naval estadounidense, las capturas continuarán. Y la piratería de estado se convertirá en la nueva normalidad.

Pero la historia suele tenerle paciencia a los imperios abusivos. Estados Unidos no es el primero ni será el último en creer que la fuerza bruta puede reemplazar al derecho internacional. Todos ellos terminaron mal. La arrogancia y la impunidad tienen fecha de vencimiento. Y en Washington, el reloj ya está corriendo.