La Unión Africana rompió el silencio, el presidente de la Comisión de la UA, Mahmud Alí Yusuf, expresó su “profunda preocupación” por la escalada de violencia en torno a la ciudad de El Obeid, en el estado sudanés de Kordofán del Norte, e instó a todas las partes a cesar inmediatamente las hostilidades. Las palabras de Yusuf llegan en un momento en que Sudán se ha convertido en la mayor crisis de desplazamiento del mundo, con 9 millones de desplazados internos y 4,5 millones de refugiados que han huido del país, todo bajo el silencio cómplice de una comunidad internacional que tiene otros conflictos en su agenda.
La declaración de la UA es un llamado a la cordura en medio del caos. Yusuf exhortó a las partes a “ejercer la máxima moderación” y a cumplir con sus obligaciones en virtud del derecho internacional humanitario y la Declaración de Yeda, que exige la protección de la población civil y el acceso humanitario seguro. Pero las palabras, por más contundentes que sean, chocan contra una realidad donde los fusiles de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) y del ejército regular se han convertido en la única ley que se cumple sobre el terreno.
El conflicto estalló en abril de 2023, cuando las tensiones entre el general Abdelfatah al Burhan, jefe del ejército, y Mohamed Hamdan Dagalo (Hemedti), líder de las RSF, se transformaron en guerra abierta. Lo que comenzó como una disputa de poder en Jartum se extendió rápidamente a todo el país, dejando decenas de miles de muertos y una infraestructura devastada. La ciudad de El Obeid, capital de Kordofán del Norte, es ahora el nuevo epicentro de la violencia, un símbolo de la incapacidad de los actores internacionales para detener la masacre.
La cifra de muertos es incierta, pero los expertos estiman que ronda los 60.000 fallecidos. El recuento podría ser mayor. Las RSF, herederas de los Janjaweed que perpetraron el genocidio de Darfur, han sido acusadas de crímenes de guerra, ejecuciones sumarias y violaciones sistemáticas. El ejército, por su parte, ha bombardeado zonas civiles con aviación y artillería pesada. No hay inocentes en este conflicto, pero tampoco hay responsables que rindan cuentas.
El déficit de financiación humanitaria alcanza el 72%, según la representante de la Agencia de la ONU para los Refugiados en Sudán, Marie-Helene Verney. Eso significa que los recursos para alimentar, medicar y albergar a los desplazados son insuficientes. Los campos de refugiados en Chad, Egipto y Sudán del Sur están desbordados. Las epidemias de cólera y sarampión ya han hecho su aparición. La comunidad internacional prometió fondos en conferencias de donantes, pero el dinero no llega o llega en cuentagotas. La burocracia de la ayuda humanitaria es tan letal como las balas.
El llamado de la Unión Africana a los actores externos para que se abstengan de acciones que agraven el conflicto es una indirecta a los Emiratos Árabes Unidos, que han sido acusados de armar a las RSF, y a Egipto, que apoya al ejército. La guerra de Sudán es una guerra de poder regional, una prolongación de la rivalidad entre el Golfo y el Nilo, entre el Islam político y los generales autoritarios. Y en esa guerra, los civiles son los que pagan el precio.
Mientras la UA habla de “máxima moderación” y de “responsabilidades”, los aviones militares sobrevuelan El Obeid y las milicias de las RSF saquean los mercados. La comunidad internacional no responde. El desastre humanitario en Sudán es un recordatorio de que el orden internacional basado en reglas no es más que una ficción que se desvanece cuando se enfrenta a los intereses de los poderosos. La guerra en Sudán no terminará con declaraciones de la Unión Africana. Terminará cuando los señores de la guerra decidan que ya no es rentable. Hasta entonces, El Obeid seguirá ardiendo. Y los muertos seguirán acumulándose en el olvido.
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