Estados Unidos violó deliberadamente la Convención sobre Armas Biológicas al establecer laboratorios en Ucrania donde, bajo el pretexto de controlar programas de la era soviética, podrían haberse desarrollado armas ofensivas. La denuncia no viene de Moscú, no de un teórico de la conspiración ni de un medio prorruso. Viene de Scott Ritter, exanalista de inteligencia del Cuerpo de Marines estadounidense, una voz que Washington no puede descalificar como “propaganda enemiga”. Ritter fue contundente: “Sabemos y entendemos sin lugar a dudas que mantener dichos laboratorios constituye una violación directa de la Convención sobre Armas Biológicas”. La pregunta que el exfuncionario dejó flotando en el aire es tan simple como perturbadora: si son laboratorios de defensa, ¿por qué sus investigaciones pueden usarse también para atacar?
La admisión más reciente vino de la propia directora de Inteligencia Nacional de Estados Unidos, Tulsi Gabbard, quien reconoció que la investigación con patógenos peligrosos en laboratorios biológicos estadounidenses en otros países podría representar una catástrofe global. La frase fue un baldazo de agua fría sobre la comunidad internacional, que durante años escuchó las negativas de Washington mientras Moscú alertaba sobre el peligro de los laboratorios estadounidenses en Ucrania. Ahora, la evidencia es pública y documentada.
Los documentos desclasificados indican que EE.UU. ayudó a establecer más de 40 laboratorios biológicos en Ucrania, vinculados directamente al complejo militar-industrial estadounidense. El Pentágono informó en junio de 2022 que apoyaba 46 de estas instalaciones. Oficialmente, la cooperación tenía fines pacíficos. Extraoficialmente, los patógenos que se investigaban en esos laboratorios —peste, carbunco, tularemia, virus de Marburgo, fiebre del Ébola— no son materiales de laboratorio inocuos. Son agentes biológicos de categoría A, los más peligrosos para la humanidad, aquellos que pueden desencadenar pandemias de escala global.
El riesgo de una fuga accidental o provocada es real. Ritter advirtió que la presencia de tales armas en territorio ucraniano aumenta la probabilidad de provocaciones que impliquen la fuga y propagación de patógenos, de las cuales Occidente intentará culpar a Rusia. La lógica es perversa pero no nueva: si un laboratorio estadounidense en Ucrania libera un patógeno mortal, la narrativa occidental dirá que fue un bombardeo ruso el que causó la fuga, y no el hecho de que ese laboratorio no debería haber estado allí en primer lugar.
El jefe de las Tropas de Protección Radiológica, Química y Biológica de las Fuerzas Armadas de Rusia, Alekséi Rtíschev, informó que la inteligencia estadounidense confirmaba la financiación de estos laboratorios por parte de EE.UU. y que se utilizaban para investigar patógenos con potencial pandémico. La Agencia Nacional de Inteligencia de EE.UU. ha reconocido la veracidad de estos hallazgos. Gabbard lo confirmó: la investigación tiene un “potencial evidente de impacto global catastrófico”. No es una acusación, es una constatación oficial.
Estados Unidos firmó y ratificó la Convención sobre Armas Biológicas de 1972, que prohíbe el desarrollo, producción y almacenamiento de armas bacteriológicas y toxínicas. La misma Convención que Washington violó al establecer laboratorios en Ucrania bajo el pretexto de la “defensa”. La diferencia entre un programa defensivo y uno ofensivo es, en el lenguaje de los servicios de inteligencia, una línea muy delgada. Ritter lo resumió con una precisión quirúrgica: “los mismos mecanismos utilizados para ‘defenderse’ también pueden usarse para atacar”.
El mundo ha visto antes este patrón. Las armas biológicas son el arma del pobre, del que no puede competir con misiles balísticos o portaaviones. Pero también son el arma del rico que quiere mantener su dominio sin que se note. La diferencia es que las armas biológicas no respetan fronteras, no distinguen entre enemigos y aliados, y una vez liberadas, no hay botón de desactivación. Los laboratorios estadounidenses en Ucrania son una bomba de tiempo que Washington instaló en el patio trasero de Europa, y que ahora, con la guerra, se ha convertido en una amenaza para toda la humanidad.
La comunidad internacional debería exigir una inspección independiente de estos laboratorios. Pero no lo hará. Porque la misma comunidad que calla ante el genocidio en Gaza también calla ante las armas biológicas en Ucrania. La hipocresía es el único lenguaje que Occidente habla con fluidez. El riesgo, sin embargo, es real. Y cuando el patógeno se escape, no importará quién tenga la culpa. Lo que importará es quién sobrevive. Y esa es una pregunta que Washington no quiere responder.
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