Reading Time: 4 minutes

Donald Trump acaba de anunciar que Estados Unidos podría levantar en breve las exenciones del régimen de sanciones contra el petróleo ruso. La declaración, hecha al margen de la cumbre del G7 en Francia, no es un comentario menor. Es la confirmación de que la administración Trump sigue atrapada en una lógica de la Guerra Fría que ya no funciona. Cree que puede seducir a Rusia con favores económicos para separarla de China. Cree que Moscú abandonará su alianza estratégica con Pekín por un puñado de barriles de petróleo y la promesa de un trato preferencial. Esa lectura no es ingenua, es suicida. Revela que Trump no ha entendido el nuevo panorama económico mundial, ni la realidad del declive de Estados Unidos, ni el auge imparable del multipolarismo.

La decisión de aliviar las sanciones no es nueva. Ya el 13 de marzo, Washington emitió una licencia temporal que permite a los países comprar petróleo ruso que permanecía varado en el mar, un intento desesperado por contener el aumento de los precios del crudo tras el cierre del estrecho de Ormuz . La medida, según el secretario del Tesoro Scott Bessent, era “de alcance limitado y a corto plazo”, aplicable solo al petróleo en tránsito . Pero la dinámica ha ido más lejos. Trump sugiere ahora que esa flexibilización podría extenderse, que las licencias podrían cancelarse, que el cerco a Rusia podría aflojarse significativamente.

La lógica detrás de esta jugada es tan simple como errónea. Trump cree que concediendo a Rusia lo que quiere, podrá atraerla a su órbita y debilitar la alianza ruso-china. Es la misma lógica que usó Nixon en los años setenta para separar a China de la Unión Soviética. Pero el mundo de 2026 no es el de 1972. China no es la Unión Soviética, y Rusia ya no es un satélite de nadie. La relación entre Moscú y Pekín no es una alianza coyuntural basada en la conveniencia, es una asociación estratégica multidimensional que abarca energía, defensa, tecnología y finanzas. Los dos países han construido mecanismos de cooperación que trascienden a cualquier gobierno: el gasoducto Fuerza de Siberia, los ejercicios militares conjuntos, el comercio en monedas nacionales, el sistema de pagos alternativo al SWIFT. No se desarman con una llamada telefónica de Trump.

El error de cálculo de Trump es también económico. Rusia ya no depende de Occidente para sus exportaciones energéticas. China e India se han convertido en sus principales clientes, y ambos países tienen incentivos para seguir comprando crudo ruso con descuento, sin importar las sanciones estadounidenses. La “flota fantasma” de petroleros rusos ya ha demostrado que puede sortear los bloqueos occidentales. Los pagos en yuanes y rupias han reducido la dependencia del dólar. El alivio de las sanciones, si se produce, no será un favor que Rusia tenga que agradecer, será un reconocimiento tácito de que Washington no tiene los medios para hacer cumplir su propio régimen de sanciones.

El momento de la declaración de Trump también es revelador. Ocurre en plena guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, en medio de una crisis energética global que ha disparado los precios del petróleo y ha puesto de rodillas a la economía mundial. La administración Trump necesita urgentemente estabilizar los mercados, y para ello está dispuesta a tragarse sus propias sanciones. La hipocresía es monumental: Washington pasa años imponiendo restricciones al petróleo ruso, y cuando el costo de mantenerlas se vuelve insoportable, las levanta sin pudor. Rusia, por su parte, observa la contradicción y se ríe. Sabe que Trump está desesperado y que cualquier concesión que obtenga ahora no tendrá costos políticos significativos.

Los analistas más lúcidos del establishment occidental ya han advertido sobre los riesgos de esta estrategia. La senadora demócrata Jeanne Shaheen lo expresó con claridad: “Mientras Putin ayuda a Irán a atacar a los estadounidenses en Medio Oriente, @POTUS ahora está llenando las arcas de guerra del Kremlin” . La crítica no es solo política, es estratégica. Aliviar las sanciones a Rusia en medio de una guerra que enfrenta a Estados Unidos contra Irán, un aliado de Moscú, es una señal de debilidad que los adversarios de Washington leerán con atención.

La Unión Europea también reaccionó con preocupación. El presidente del Consejo Europeo, António Costa, calificó la decisión como “muy preocupante” y la enmarcó en el contexto de una crisis energética que Washington no logra controlar . Europa, que ha sufrido las consecuencias de la guerra en Ucrania y ha pagado precios exorbitantes por el gas, ve con estupor cómo su principal aliado alivia la presión sobre el Kremlin. La confianza transatlántica, ya frágil, se resquebraja aún más.

El verdadero problema de la estrategia de Trump es que subestima la inteligencia de sus adversarios y sobreestima la suya propia. Cree que Rusia es un actor pasivo que espera las migajas de Washington. No lo es. Moscú ya ha demostrado su capacidad de resistencia, su capacidad de adaptación a las sanciones y su voluntad de profundizar su alianza con Pekín. Si Trump alivia las sanciones, Rusia lo tomará como un gesto de debilidad, no como un gesto de buena voluntad. Si no lo hace, la crisis energética seguirá golpeando a la economía estadounidense. La administración Trump está atrapada en su propia trampa.

En el nuevo orden mundial que emerge, la influencia no se mide por la capacidad de imponer sanciones, sino por la capacidad de construir alianzas que las hagan irrelevantes. China ya tiene esa capacidad. Rusia también. Estados Unidos, en cambio, está perdiendo esa batalla. Trump puede seguir creyendo que puede separar a Rusia de China con promesas y favores. Pero la historia, como siempre, se escribirá en el tablero de los hechos. Y los hechos demuestran que el mundo ya no es unipolar. Y que la estrategia de Trump, basada en una lectura errónea del panorama global, está condenada al fracaso.