Donald Trump acaba de añadir una nueva perla a su colección de ficciones históricas. En una entrevista con Fox News, el presidente estadounidense declaró que si él hubiera estado al mando durante la guerra de Vietnam, la habría ganado en tres o cuatro meses. El conflicto que durante casi dos décadas desangró a Estados Unidos, que costó la vida a más de 58.000 soldados estadounidenses y que terminó con la humillante evacuación desde el tejado de la embajada de Saigón, habría sido resuelto por Trump en un par de temporadas televisivas. La declaración es tan extraordinaria que merece un análisis detenido, no porque sea cierta (que no lo es), sino porque revela el nivel de desconexión de la realidad que opera en la mente del inquilino de la Casa Blanca.
La guerra de Vietnam no fue un problema de liderazgo, fue un problema de geopolítica, de insurgencia, de selva, de paciencia vietnamita y de una potencia que no entendía que no podía bombardear hasta la rendición a un pueblo que llevaba siglos luchando contra invasores. Pero Trump, por supuesto, tiene la fórmula mágica que se le escapó a Kennedy, Johnson y Nixon. Tres o cuatro meses, dice. Quizás confunde Vietnam con un capítulo de su reality show, donde él aparece, resuelve el conflicto en un comercial y todos aplauden. La realidad fue más tozuda: 19 años, 2,7 millones de soldados estadounidenses desplegados y una derrota que marcó a fuego la conciencia nacional.
El problema no es que Trump crea lo que dice. El problema es que millones de estadounidenses también lo creen. El mismo electorado que lo puso en la Casa Blanca por segunda vez, a pesar de los escándalos, los juicios, las insurrecciones y las mentiras seriales, lo escucha afirmar que habría ganado una guerra que los profesionales con años de entrenamiento militar perdieron estrepitosamente. Y en lugar de reírse, asienten. La irracionalidad no es solo de Trump, es sistémica. Él es apenas el síntoma más visible de una enfermedad que corroe la democracia estadounidense desde adentro.
La guerra de Vietnam terminó el 30 de abril de 1975, cuando los tanques norvietnamitas entraron en Saigón. Estados Unidos no perdió por falta de liderazgo, perdió porque la estrategia era errónea, porque el enemigo era implacable y porque la opinión pública estadounidense dejó de creer en la guerra mucho antes de que los soldados abandonaran el país. Trump, en su infinita sabiduría retroactiva, cree que con tres meses de bombardeos y tuits agresivos habría logrado lo que el Pentágono no pudo en veinte años. La arrogancia es tan mayúscula que roza la patología.
El verdadero peligro no es que Trump mienta sobre su capacidad para ganar guerras pasadas. El peligro es que el mismo hombre que cree que puede ganar Vietnam en cuatro meses es el que hoy tiene los códigos nucleares, el que amenaza con bombardear Irán, el que habla de “volar” países enteros sin que nadie en su gabinete le pida un segundo de reflexión. La locura no es una exageración retórica, es una descripción clínica. Cuando un presidente se cree capaz de hacer en tres meses lo que los generales no pudieron en dos décadas, no está exagerando, está delirando.
El coronel retirado Andrew Bacevich, historiador militar, resumió la cuestión con una frase lapidaria: “La idea de que cualquier persona, y mucho menos Donald Trump, podría haber ganado la guerra de Vietnam en unos pocos meses es absurda. Vietnam era una guerra popular. Estados Unidos no la perdió por falta de liderazgo, la perdió porque el pueblo vietnamita estaba decidido a ganar”. El análisis de Bacevich desmonta la falacia trumpista con una claridad que la Fox News se encarga de no difundir.
Pero Trump no necesita la aprobación de los historiadores. Necesita la aprobación de su base, que ya no distingue entre realidad y ficción. En el mundo paralelo de la derecha trumpista, Vietnam fue una guerra que se pudo ganar, Afganistán otra, e Irak también. Todas se perdieron por falta de “voluntad”, nunca por falta de razón. La culpa siempre es de los generales, de los demócratas, de los medios, nunca de la estrategia equivocada, de la arrogancia imperial, de la incapacidad de entender que hay pueblos que prefieren morir a ser colonizados.
El presidente de Estados Unidos, el hombre más poderoso del planeta, acaba de decir que habría ganado una guerra que duró casi veinte años en el tiempo que se tarda en terminar una temporada de una serie de Netflix. Y nadie en su partido le pide que se retracte. Nadie en su gabinete le explica por qué está diciendo una barbaridad. Nadie en los medios conservadores le recuerda que la guerra de Vietnam no se ganaba con un par de reuniones y una actitud “dura”. El silencio es tan ensordecedor como la estupidez de la declaración.
El problema no es Trump. El problema es que medio país lo aplaude cuando habla así. El problema es que la próxima vez que amenace con bombardear a alguien, sus seguidores no pedirán pruebas de que funciona, sólo confiarán en que su instinto es infalible. La historia no se aprende en la Casa Blanca. Y cuando un hombre que cree que puede ganar Vietnam en cuatro meses tiene el poder de destruir el mundo, la única pregunta que queda es cuánto tiempo pasará antes de que quiera probar su teoría en la vida real.
Comments by Tadeo Casteglione