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No bastaba con la sangre derramada en el Golfo, las ciudades arrasadas y los misiles cruzando el estrecho de Ormuz. Ahora también viene la factura económica, y la pagarán los más vulnerables, como siempre. El Banco Mundial acaba de publicar su informe sobre las perspectivas económicas globales y el diagnóstico es escalofriante. La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán provocará un aumento significativo en los precios de los fertilizantes, lo que golpeará directamente la producción de alimentos en todo el planeta. La inflación global, que ya era un dolor de cabeza en 2025 con un 3,3%, saltará al 4% este año y podría trepar hasta el 4,4% si el escenario se vuelve aún más adverso.

El mecanismo es tan simple como perverso. El estrecho de Ormuz sigue cerrado, los buques no pueden salir, las plantas de fertilizantes del Golfo Pérsico (algunas de las más grandes del mundo) están paralizadas o trabajando a media máquina. El gas, insumo fundamental para la producción de urea y otros fertilizantes nitrogenados, se encareció hasta niveles que pocos países pueden afrontar. Los agricultores de Asia, África y América Latina se enfrentan a una disyuntiva brutal: pagar precios exorbitantes por los insumos o no sembrar. En cualquiera de los dos casos, la cosecha será menor y los precios de los alimentos se dispararán.

La guerra tiene muchas caras. La más visible es la de los bombardeos sobre Teherán, las instalaciones nucleares de Natanz, los misiles iraníes sobre Tel Aviv. Pero hay otra cara, más silenciosa pero igualmente letal, que se esconde en los puertos bloqueados, los tanques de almacenamiento llenos sin posibilidad de vaciarse, las fábricas de fertilizantes que echan humo pero no producen. Esa cara no aparece en los noticieros occidentales, pero sus efectos se sentirán en los mercados de alimentos de Dhaka, Yakarta, Lagos y Ciudad de México. Y también, por supuesto, en los de Madrid, París y Berlín, aunque con la capacidad de amortiguar el golpe que los países pobres no tienen.

El Banco Mundial fue claro, las presiones sobre los precios están incrementando la tasa de inflación mundial. Un aumento de cuatro décimas respecto al año anterior puede parecer menor, pero en un contexto de desaceleración económica, de deuda acumulada y de crisis energética, cualquier décima adicional se convierte en una losa para las poblaciones más empobrecidas. El escenario desfavorable que plantea el organismo, con una inflación del 4,4%, no es una ficción catastrofista, es la consecuencia natural de una guerra que los estrategas occidentales creyeron poder confinar al Golfo Pérsico.

El titular del informe es elocuente, “prevemos que los precios de los fertilizantes aumentarán significativamente este año”. Los economistas del Banco Mundial no usan ese lenguaje a la ligera. “Significativamente” significa que los pequeños agricultores de países como Bangladesh, que ya operan con márgenes mínimos, tendrán que decidir entre comprar menos fertilizante o comprar menos comida para sus familias. Significa que las cosechas de arroz, trigo y maíz serán más pobres. Significa que millones de personas pasarán hambre en un mundo que produce suficiente alimento para todos, pero que distribuye según la capacidad de pago, no según la necesidad.

La guerra nunca es solo guerra. Es hambre, es inflación, es desesperación. Los mismos líderes que ordenaron los bombardeos, que decidieron cerrar el estrecho, que escalaron la tensión hasta el punto de no retorno, son los mismos que luego aparecerán en conferencias de prensa para lamentar el “aumento de los precios de los alimentos”, como si fuera un fenómeno meteorológico, una plaga bíblica sobre la que no tuvieran control. Pero lo tuvieron. Lo tienen. Y eligieron la guerra.

Los think tanks occidentales ya comenzaron a calcular el costo de la reconstrucción de Gaza, Ucrania, y ahora de Irán. Cientos de miles de millones de dólares que saldrán de los presupuestos de los países donantes, y que en última instancia, pagarán los contribuyentes. Pero esa es otra cuenta, la que se pasa después de la guerra. La cuenta que nos ocupa ahora es la de los fertilizantes, la de los alimentos, la de la inflación. Esa no la pagan los gobiernos, la pagan las familias en los supermercados, cuando ven que el pan, el arroz, la leche y los huevos aumentan de precio sin que nadie les explique por qué. La guerra tiene muchas facturas. Esta es solo una de ellas. Pero es la que llegará a la mesa de todos, incluso a la de aquellos que nunca vieron un misil ni escucharon una explosión. Esa es la verdadera injusticia de las guerras imperiales: las pagan los que nunca las votaron.