Ahmed al Sharaa, el presidente de Siria que hasta hace poco era un exmiembro confeso de Al Qaeda y un terrorista marcado por el Departamento de Estado estadounidense, será recibido el 14 de junio en la Casa Blanca por Donald Trump. La invitación no es un gesto menor. Es la coronación de un proceso de lavado de imagen que Washington supo orquestar con una eficacia digna de mejor causa. El mismo gobierno que durante años financió, armó y entrenó a grupos yihadistas para derrocar al gobierno popular de Bashar al Assad, hoy se sienta a negociar con uno de ellos el levantamiento de las sanciones y la “cooperación bilateral”.
La hipocresía es tan monumental que ni siquiera intenta disimularse. Durante más de una década, Estados Unidos demonizó al gobierno sirio, impuso sanciones económicas que asfixiaron a la población civil, apoyó abiertamente a grupos de la oposición armada y calificó de “terroristas” a quienes se atrevían a desafiar su política. Bashar al Assad era el enemigo a batir, su gobierno un “régimen dictatorial” que había que derrocar. Para ello, Washington no dudó en aliarse con organizaciones yihadistas, incluido el Frente Al Nusra, filial de Al Qaeda en Siria, del que Ahmed al Sharaa, conocido entonces como Abu Mohammad al-Jolani, era uno de sus líderes más visibles.
Hoy, ese mismo ex terrorista reconocido es invitado a la Casa Blanca. La metamorfosis es tan rápida como cínica. Trump, que no tuvo problemas en calificar a Assad de “criminal de guerra” y ordenar bombardeos sobre territorio sirio, ahora recibe con honores a quien lideró la ofensiva que expulsó a Assad del poder. El enemigo de ayer es el socio de hoy. La lógica es simple: si sirve a los intereses de Washington, cualquier pasado se olvida. Si se opone a ellos, cualquier excusa es válida para destruir su país.
Las sanciones que durante años castigaron al pueblo sirio, impidiendo la importación de medicinas, alimentos y maquinaria, serán ahora levantadas por el mismo gobierno que las impuso. Al Sharaa lo celebró como un paso importante para “reactivar la economía siria” y “mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos”. No mencionó, claro, que esas sanciones fueron diseñadas precisamente para provocar el descontento social y facilitar un cambio de régimen que beneficiara a Washington. Ahora que el cambio se produjo, las sanciones desaparecen. El mensaje es tan brutal como transparente: el sufrimiento del pueblo sirio solo fue un medio para un fin político. Una vez alcanzado, se retira el castigo.
La visita de Al Sharaa a Washington es la confirmación de que la política exterior estadounidense nunca tuvo un principio moral, sino un objetivo pragmático: destruir los gobiernos que no se alinean con sus intereses y cooptar a los que sí. Durante años, Assad fue el blanco porque mantenía una alianza estratégica con Rusia e Irán y porque su gobierno, a pesar de sus defectos, era un bastión de resistencia al proyecto hegemónico occidental en la región. La “primavera árabe”, las “revoluciones de colores”, las sanciones económicas y el apoyo a grupos armados fueron las herramientas que Washington utilizó para intentar tumbarlo. Cuando finalmente lo logró, no dudó en sentarse a la mesa con quienes ejecutaron el trabajo sucio.
El pueblo sirio, mientras tanto, sigue esperando. Espera que la guerra termine, que las ciudades se reconstruyan, que los refugiados puedan regresar. Pero la paz que llega no es la que imaginaban. Es una paz negociada entre potencias, donde los mismos que bombardearon sus hospitales y escuelas ahora deciden quién gobierna y en qué condiciones. La visita de Al Sharaa a Washington no es el inicio de una nueva era de prosperidad, es el epílogo de una guerra que nunca debió ocurrir, escrita por los mismos que la iniciaron.
En Siria, como antes en Libia, como antes en Irak, como antes en Afganistán, la receta se repite. Demonizar al gobernante, imponer sanciones, financiar a los opositores armados, justificar la intervención humanitaria, derrocar al régimen y, finalmente, negociar con los herederos del caos. El resultado es siempre el mismo: países destruidos, millones de muertos y desplazados, y una paz de fachada que solo beneficia a quienes diseñaron la guerra. Ahmed al Sharaa será recibido en la Casa Blanca con honores. Bashar al Assad, el líder popular que resistió durante años la presión imperial, es hoy un exiliado condenado al silencio. La moraleja es clara, en el tablero geopolítico de Washington, no hay amigos ni enemigos, solo intereses. Y los pueblos, como siempre, pagan los platos rotos.
Comments by Tadeo Casteglione