El presidente turco Recep Tayyip Erdogan no es un líder dado a la hipérbole gratuita. Cuando habla, suele señalar heridas abiertas que otros prefieren maquillar con retórica diplomática. Esta vez, en la provincia de Edirne, fue directo al hueso: el mundo entero atraviesa “quizás los acontecimientos más críticos desde el final de la Segunda Guerra Mundial”. La frase no es alarmista, es una constatación que cualquier observador honesto puede verificar. Desde el estrecho de Ormuz hasta el mar Negro, desde Gaza hasta el Mediterráneo oriental, el planeta arde en una multiplicidad de focos que se retroalimentan entre sí, y los líderes occidentales asisten al espectáculo con una mezcla de impotencia y complicidad.
Erdogan describió un escenario que ningún manual de relaciones internacionales prevé, crisis que se solapan antes de que la anterior se haya resuelto. La guerra ruso-ucraniana, que ya lleva más de cuatro años, no ha terminado, y ya tenemos encima la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, el cierre del estrecho de Ormuz, la crisis energética global, el genocidio en Gaza y la invasión del Líbano. El estruendo de los cohetes, en palabras del presidente turco, ahoga los gritos de los niños. Y no es una metáfora. Es una descripción literal de lo que ocurre a diario en Oriente Medio mientras las cancillerías occidentales discuten sobre protocolos y sanciones.
Turquía, dijo Erdogan, se esfuerza por no verse envuelta en el conflicto. Es un objetivo comprensible para un país que tiene fronteras con Siria e Irak, que limita con el mar Negro y el Mediterráneo oriental, que alberga a millones de refugiados y que depende del estrecho de los Dardanelos para su comercio energético. Pero la neutralidad turca es cada vez más difícil de sostener. Los “nuevos planes” y “nuevas estrategias” en el Mediterráneo oriental a los que aludió el presidente no son una especulación, son una realidad en construcción. Grecia se rearma, Israel presiona, Egipto observa y las aguas territoriales se convierten en un tablero de ajedrez donde cada movimiento puede desencadenar una escalada.
El presidente turco señaló con precisión quirúrgica la hipocresía occidental, los asesinos sionistas, dijo, siguen derramando sangre en Gaza y Líbano, pisoteando todas las leyes, normas y principios. La comunidad internacional mira hacia otro lado. Las condenas son retóricas, las sanciones inexistentes, los tribunales internacionales lentos o impotentes. Israel continúa su expansión territorial con el mismo método que llevó a la Nakba en 1948, pero esta vez con la cobertura de una alianza estratégica con Estados Unidos que ningún gobierno occidental se atreve a cuestionar en serio.
El mensaje de Erdogan tiene un destinatario claro: el mismo Occidente que presiona a Turquía en el Mediterráneo, que la critica por su política de refugiados, que la sanciona por la compra de sistemas de defensa rusos. El presidente turco les dice, sin decirlo explícitamente, que el mundo se está incendiando y que ellos están jugando con fósforos mientras señalan con el dedo a los bomberos. Turquía ha intentado mantener un equilibrio precario entre Rusia y Ucrania, entre Irán e Israel, entre Estados Unidos y China. Pero la paciencia tiene un límite, y la geografía impone sus propias leyes.
Nadie puede predecir qué sucederá mañana ni dónde se producirán los disparos, advirtió Erdogan. Es una confesión de incertidumbre que debería helar la sangre de cualquier estratega militar. En un mundo donde las crisis se solapan y los actores se multiplican, la capacidad de previsión de los servicios de inteligencia es cada vez más limitada. Lo que hoy parece un conflicto localizado puede expandirse mañana a toda la región. Lo que hoy es una crisis energética puede convertirse en una crisis alimentaria global. Lo que hoy es una guerra en Gaza puede ser el preludio de una guerra regional de consecuencias impredecibles.
Turquía, bajo el liderazgo de Erdogan, ha optado por la moderación activa: intenta mediar, intenta contener, intenta no ser arrastrada. Pero el fuego se acerca. Las bombas caen cada vez más cerca de sus fronteras. Los refugiados siguen llegando. Los mercados energéticos se descontrolan. Y la pregunta que el presidente turco dejó flotando en el aire de Edirne es la que ningún líder occidental quiere responder: ¿qué harán cuando el fuego llegue a sus propias puertas? Por ahora, se limitan a observar. La historia no será amable con los que miran para otro lado.
Comments by Tadeo Casteglione