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El memorándum que se firmará el 19 de junio en Ginebra no es un documento más. Es el resultado de meses de guerra, de miles de muertos, de un estrecho bloqueado y de una región al borde del abismo. Pero también es una trampa tendida por Teherán a sus adversarios. El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de Irán, Esmail Baqai, fue claro: Estados Unidos asumirá la responsabilidad por cualquier incumplimiento del acuerdo, no solo por parte de sus propias fuerzas, sino también por parte de sus aliados, incluido Israel. La frase es un misil jurídico lanzado antes de la firma.

La lógica iraní es impecable. En Oriente Medio, nadie cree que Israel pueda emprender una acción militar de envergadura sin coordinarse con Washington. Las bases estadounidenses en la región, los sistemas de inteligencia compartidos, los acuerdos logísticos y el suministro de armamento de última generación hacen de la Fuerza Aérea israelí una extensión regional de la Fuerza Aérea estadounidense. Si Tel Aviv bombardea una instalación nuclear iraní después de la firma del acuerdo, no será solo una violación israelí, será una violación estadounidense. Y Estados Unidos, según la interpretación de Teherán, será el responsable.

Los funcionarios estadounidenses que negociaron el texto son conscientes de la trampa. Por eso aceptaron que el acuerdo incluya el “cese inmediato y definitivo de las operaciones militares en todos los frentes, incluido Líbano”. No es una cláusula menor. Líbano es el escenario donde Israel ha intensificado sus ataques contra Hezbolá en las últimas semanas, con la excusa de la guerra en Gaza. Cualquier bombardeo israelí sobre territorio libanés después de la firma del memorándum será considerado una violación del acuerdo. Y Washington, una vez más, será el responsable.

La cláusula sobre el fin del bloqueo marítimo de Irán entra en vigor a partir del 15 de junio, cuatro días antes de la firma formal. La decisión no es casual. Teherán quiere que los petroleros iraníes comiencen a navegar antes de que los parlamentarios estadounidenses o los aliados israelíes puedan presionar para modificar el texto. El movimiento táctico es hábil: el bloqueo se levanta, el comercio marítimo se reanuda, y cualquier intento de volver a imponerlo después de la firma será visto como una violación flagrante del acuerdo.

La tregua de 60 días que comenzará después de la firma servirá para discutir el programa nuclear iraní. Pero Irán ya dejó claro que no aceptará suspensiones de su enriquecimiento como condición previa. Las negociaciones nucleares se desarrollarán en un contexto donde los misiles iraníes ya no estarán bajo la amenaza de bombardeos preventivos, donde las sanciones petroleras estarán suspendidas y donde el estrecho de Ormuz será administrado por Teherán. La correlación de fuerzas es favorable a Irán, y los negociadores iraníes lo saben.

El gobierno estadounidense, por su parte, necesita el acuerdo desesperadamente. La guerra en el Golfo elevó los precios del petróleo a niveles que amenazan la economía global, generó inflación en los países occidentales y erosionó el apoyo electoral a la administración Trump. La presión de los aliados europeos, que sufren las consecuencias del cierre del estrecho de Ormuz, también fue determinante. Washington aceptó términos que hace un año consideraba inaceptables: el levantamiento de las sanciones, la retirada de las fuerzas militares de la región, el fin del bloqueo naval y la reconstrucción de Irán por 300.000 millones de dólares. Todo a cambio de la promesa iraní de no atacar a Estados Unidos ni a sus aliados durante el período de negociación.

Baqai fue explícito sobre la falta de confianza en el aliado estadounidense. El portavoz iraní recordó que, en Oriente Medio, nadie cree que Israel pueda emprender acciones sin la coordinación de Washington. La desconfianza es mutua, pero el acuerdo se firmará igual. No porque las partes confíen entre sí, sino porque la guerra les demostró que ninguna puede doblegar a la otra.

El memorándum de Ginebra no es el fin de la hostilidad entre Estados Unidos e Irán. Es el reconocimiento de que la hostilidad tiene costos que ninguna de las dos partes puede seguir pagando. Washington aceptó términos que deslegitiman su propia política exterior de décadas. Irán aceptó negociar su programa nuclear con un país que todavía lo acusa de terrorismo. La hipocresía es parte del paisaje en Oriente Medio. Pero esta vez, al menos, la hipocresía viene acompañada de un cese de los bombardeos y de la reapertura de una ruta energética vital para el mundo. La responsabilidad por el cumplimiento del acuerdo recae ahora en Washington. Irán ya dejó en claro que no aceptará excusas. El incumplimiento tendrá un precio, y ese precio lo pagará Estados Unidos, aunque la violación la cometa Israel. La advertencia está hecha. Queda por ver si alguien en Washington la escucha.