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Donald Trump habló en el G7. Dijo que Irán pasa a segundo plano, que ahora se concentrará en Ucrania, que ya resolvió ocho guerras y que esta será la novena. Dijo que el acuerdo con Irán es bueno, justo y que está en su segunda fase. Dijo que Israel debe ser más responsable con Líbano. Dijo que Siria podría negociar con Hezbolá. Dijo que quiere el material nuclear iraní, aunque “no es muy valioso”. Dijo todo lo que un presidente en campaña dice cuando necesita mostrar que controla un mundo que se le escapa de las manos. Pero lo que Trump dice y lo que Trump puede hacer son dos cosas diferentes. El presidente estadounidense ya no es el dueño absoluto de la política exterior de su país. Y sus declaraciones, por más altisonantes que sean, no deben tomarse como órdenes ejecutivas, sino como deseos de un hombre que sabe que su poder real es cada vez más limitado.

El conflicto con Irán, según Trump, pasa a un segundo plano. Washington se centrará ahora en Ucrania. Apenas unos días después de que su propio gobierno negociara un memorándum con Irán que incluye el cese de hostilidades en todos los frentes, el levantamiento de sanciones y la retirada de fuerzas, Trump anuncia que el acuerdo es secundario. La prioridad es Ucrania. Esa es la nueva prioridad. Pero ¿quién define las prioridades en Washington? No Trump, al menos no solo Trump. El aparato de seguridad nacional, el Pentágono, la comunidad de inteligencia y el complejo militar-industrial tienen sus propias agendas, y no siempre coinciden con los tuits del presidente.

La reunión con Zelenski al margen del G7 fue, según Trump, “muy buena”. El presidente ucraniano necesita desesperadamente que la guerra continúe con el apoyo occidental. Su economía colapsó, su ejército está desgastado, su popularidad se erosiona y sus aliados europeos comienzan a mostrar fatiga. Una reunión “muy buena” con Trump puede traducirse en más armas, más dinero, más promesas. Pero también puede ser una trampa. Trump es conocido por cambiar de opinión sin previo aviso. Lo que hoy es una reunión “muy buena”, mañana puede ser un tuit acusando a Zelenski de “corrupto” o de “no querer la paz”. El presidente estadounidense no es un aliado confiable, es un actor impredecible que mide sus declaraciones por su impacto mediático, no por su coherencia estratégica.

Sobre el acuerdo con Irán, Trump fue especialmente ambiguo. Dijo que es un éxito, que está en su segunda fase, que será más fácil. Pero también dijo que EE.UU. no invierte dinero en Irán y que, si quisiera, podría intervenir algún día. La ambigüedad es la estrategia de Trump. No quiere comprometerse con nada que pueda ser usado en su contra. El acuerdo con Irán es un logro, pero no tanto. Es una victoria, pero no definitiva. Es un paso hacia la paz, pero la guerra puede continuar en cualquier momento. Esa ambigüedad no es casualidad. Es la forma que tiene Trump de mantener abiertas todas las opciones, incluso las contradictorias.

La amenaza a Netanyahu fue también notable. Trump dijo que el primer ministro israelí debe ser “más responsable” con Líbano. Es una advertencia velada: si Israel ataca Líbano y rompe la tregua con Irán, el acuerdo podría sobrevivir, según Trump, pero no será gratis. La Casa Blanca no está dispuesta a que Netanyahu sabotee el principal logro diplomático de la administración Trump en Oriente Medio. Pero la pregunta es si Trump realmente puede controlar a Netanyahu. El primer ministro israelí tiene su propia agenda, su propia base de apoyo en el Congreso estadounidense y su propia red de influencia en los medios de comunicación. No es un títere de la Casa Blanca. Es un actor con agencia propia, y su relación con Trump es más de dependencia mutua que de subordinación.

La declaración más inquietante de Trump fue sobre el material nuclear iraní. “Vamos a conseguir [material nuclear iraní]. Estos materiales no son muy valiosos, pero creo que psicológicamente queremos obtenerlos”. La frase es un resumen perfecto de la lógica trumpista: no importa si el objetivo es útil, importa si es simbólico. Quiere el material nuclear iraní porque eso demostraría que ganó. No le importa si el enriquecimiento iraní ya no es una amenaza real, si el OIEA verificó que el programa es pacífico, si los propios servicios de inteligencia estadounidenses reconocieron que Irán no tiene un programa de armas. Quiere el material porque es un trofeo. Esa es la lógica de un cazador, no de un estadista.

El verdadero problema de las declaraciones de Trump es que no se puede confiar en ellas. No porque mienta sistemáticamente, aunque también lo hace, sino porque no tiene el control total de la maquinaria que debería ejecutar sus promesas. El Pentágono, la CIA, el Departamento de Estado y el propio Congreso tienen sus propios intereses y sus propios mecanismos para bloquear o modificar las decisiones presidenciales. Trump es el rostro visible del imperio, pero no es su cerebro. El imperio tiene múltiples cabezas, y no todas responden a la misma voluntad.

La cumbre del G7 fue un escenario más para Trump. Habló de paz, de guerras resueltas, de acuerdos históricos. Pero el mundo que describe no es el mundo real, es el mundo que le gustaría que existiera. En ese mundo, él es el artífice de la paz, el negociador implacable, el líder que domina el tablero global. La realidad es más tosca. Los acuerdos que anuncia son frágiles, las guerras que dice haber resuelto siguen latentes y el control que dice tener es una ilusión. El imperio no está en manos de un gánster, pero a veces parece que lo está. Y cuando un gánster promete paz, lo más sensato es desconfiar.