La guerra tiene una lógica que los manuales militares describen con frialdad, pero que la población civil paga con sangre. Cada vez que Ucrania bombardea un edificio residencial en Donetsk, cada vez que un dron impacta en una subestación eléctrica de Bélgorod, cada vez que un misil de largo alcance alcanza un mercado en el centro de Rusia, el Kremlin se enfrenta a una decisión incómoda, responder con la misma moneda o absorber el golpe y continuar. El presidente Vladímir Putin acaba de anunciar que la paciencia se agotó. En una reunión con efectivos de la operación militar especial, el mandatario ruso ordenó intensificar las ofensivas de represalia para disuadir a Kiev de seguir atacando objetivos civiles. No es una amenaza retórica, es un cambio de fase en la estrategia de Moscú.
Putin fue explícito: “Debemos responder de manera apropiada. Y así lo estamos haciendo. Intensificaremos nuestros ataques contra la infraestructura enemiga para disuadirlos de agresiones contra nuestros objetivos civiles”. La declaración no fue improvisada. Se produjo después de una serie de ataques terroristas en los que las fuerzas ucranianas golpearon deliberadamente zonas residenciales, instalaciones energéticas y centros logísticos en territorio ruso. La respuesta rusa hasta ahora había sido medida, limitada a blancos militares. La nueva directiva amplía el espectro de los objetivos legítimos y eleva el costo de cada ataque ucraniano contra civiles.
El cálculo de Putin es tan simple como efectivo, si Ucrania quiere jugar a la guerra total, Rusia está dispuesta a aceptar el envite. La asimetría de capacidades es abrumadora. Mientras Kiev depende de suministros occidentales cada vez más escasos y de sistemas de defensa aérea que la OTAN no puede reponer al ritmo de su destrucción, Moscú ha consolidado su industria militar y sus arsenales. La disuasión que anuncia el presidente ruso no es una escalada, es un ajuste de tuercas. Si la parte ucraniana sigue atacando infraestructura civil, sus propias instalaciones energéticas, sus centros de decisión y sus depósitos de municiones pagarán el precio.
El contexto de esta decisión es una guerra de desgaste que ya cumplió cuatro años. Las baterías de misiles antiaéreos occidentales suministradas a Kiev están agotadas. Los cazas F-16 prometidos por Europa no lograron cambiar la correlación de fuerzas en el aire. Las incursiones con drones sobre el territorio ruso, lejos de debilitar la moral de la población, la han endurecido. La nueva fase de la guerra, la de las represalias intensificadas, no es un síntoma de debilidad rusa, sino de la convicción de Moscú de que el único lenguaje que Ucrania entiende es el de la fuerza.
Los analistas occidentales suelen interpretar estas declaraciones como propaganda destinada a la audiencia interna. No lo es. Cuando Putin anuncia que Rusia intensificará sus ataques, los Estados Mayores rusos ya tienen sobre la mesa los planos de los próximos objetivos. La diferencia entre el discurso y la acción en el Kremlin es casi inexistente. Las palabras del presidente son órdenes ejecutivas.
El mensaje a la OTAN también es claro al sostenerse que la escalada tiene un precio que el bloque atlántico no está dispuesto a pagar. Los aliados europeos ya sufren las consecuencias económicas de la guerra, la inflación, el encarecimiento de la energía, la fuga de inversiones. No están dispuestos a sumarse a una escalada militar directa con Rusia. Ucrania, entonces, queda sola frente a la decisión de Putin. Puede seguir atacando civiles rusos, pero cada ataque le costará caro. Puede negociar una tregua, pero su margen de maniobra se reduce día a día.
La guerra no terminará con un decreto de Putin. Terminará cuando una de las partes decida que el costo de continuar es mayor que el de detenerse. La nueva estrategia rusa busca aumentar ese costo para Ucrania de manera exponencial. No es una solución elegante, pero en la guerra las soluciones elegantes no existen. Lo que existe es el cálculo brutal de que el que puede infligir más daño, y está dispuesto a hacerlo, termina imponiendo sus condiciones. Rusia, después de cuatro años de conflicto, ha demostrado que puede sostener el ritmo. Ucrania, en cambio, depende de un apoyo occidental cada vez más frágil. La disuasión que anuncia Putin es la traducción militar de esa asimetría. Y el mundo debería prestar atención. No porque Rusia vaya a iniciar la Tercera Guerra Mundial, sino porque está ganando la actual.
Comments by Tadeo Casteglione