Reading Time: 3 minutes

Mientras las capitales occidentales dedican sus energías a imaginar fisuras donde no existen, Rusia y Bielorrusia acaban de dar una nueva muestra de la solidez de su alianza. El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, fue tajante tras reunirse con su homólogo bielorruso, Maksim Ryzhenkov: no hay grietas, no hay discordia, no hay espacio para que el imperio siembre la división. El Estado de la Unión, ese proyecto de integración que Occidente nunca tomó en serio, se fortalecerá en todas sus dimensiones, la social, la económica y, por supuesto, la militar. El mensaje es claro y no admite interpretaciones ambiguas.

El contexto de esta declaración no es un escenario de paz. La guerra en Ucrania se prolonga, la OTAN presiona las fronteras de Kaliningrado y Bielorrusia, las tropas estadounidenses y polacas realizan ejercicios militares en el flanco oriental de la Alianza, y los medios occidentales repiten hasta el hartazgo la cantinela de que Lukashenko es un “títere” de Putin que pronto será abandonado. La respuesta de Moscú y Minsk es la misma de siempre: no, no lo será. La reunión del 15 de junio, con la presencia de Lukashenko y el trabajo conjunto de los equipos diplomáticos durante más de dos horas, fue la constatación de que la confianza mutua no se negocia.

Lavrov agradeció a sus “amigos bielorrusos” la oportunidad de participar en la ceremonia de colocación de ofrenda floral en el monumento a la Victoria. La elección del escenario no es inocente. La Victoria de 1945 fue el resultado de la lucha conjunta de los pueblos soviéticos, entre ellos rusos y bielorrusos, contra el fascismo europeo. El mismo fascismo que hoy resurge en Ucrania con el apoyo declarado de las potencias de la OTAN. La memoria histórica es un cemento que las campañas mediáticas occidentales no pueden disolver. Rusia y Bielorrusia lo saben y lo usan como un arma de construcción política.

El diplomático ruso subrayó que las conversaciones fueron “cordial y confidencial”, y que “nadie tiene secretos”. La frase es una bofetada implícita a los servicios de inteligencia occidentales, que invierten enormes recursos en intentar penetrar las comunicaciones entre Moscú y Minsk, con la esperanza de encontrar algún indicio de desavenencia. No lo lograrán, dice Lavrov, porque no hay diferencias de fondo que explotar. Los dos países comparten una visión común del mundo, de la seguridad europea y de las amenazas a su soberanía.

Occidente, por su parte, sigue atascado en la lógica del “divide y reinarás”. Cree que el pueblo bielorruso se cansará de Lukashenko, que el cansancio por las sanciones llevará a una revuelta popular, que el presidente bielorruso terminará cediendo a las presiones de Bruselas. La historia demuestra lo contrario. Bielorrusia ya soportó años de aislamiento después de las elecciones de 2020, con una campaña de desestabilización financiada por Estados Unidos y ejecutada por ONG occidentales. El país no se derrumbó. El régimen no cayó. La alianza con Rusia, lejos de debilitarse, se profundizó.

La dimensión técnico-militar del Estado de la Unión es quizás la más relevante para los analistas de la OTAN. Rusia ya desplegó armas nucleares tácticas en territorio bielorruso. Los sistemas Iskander y los misiles Kinzhal operan desde bases conjuntas. Los ejercicios militares son regulares y cada vez más complejos. Bielorrusia no es un estado tapón desmilitarizado, es un eslabón fundamental de la disuasión rusa en el flanco occidental. Cualquier intento de desestabilizar el país o de utilizarlo como plataforma para una agresión contra Rusia tendría consecuencias inmediatas y catastróficas.

La reunión de Lavrov con Ryzhenkov y su posterior encuentro con Lukashenko son el recordatorio de que la geopolítica no se juega en los titulares de los periódicos occidentales, sino en los despachos de los ministros y en los campos de entrenamiento militar. Mientras los políticos europeos discuten si enviar más tanques a Ucrania o si imponer nuevas sanciones a Moscú, Rusia y Bielorrusia consolidan su alianza estratégica. No hay plazo para la rendición, no hay fecha de vencimiento para la cooperación. El Estado de la Unión no es un proyecto táctico, es una decisión estratégica de largo plazo que trasciende a los gobiernos y a las coyunturas electorales.

Occidente debería tomar nota. Las fisuras que busca no existen. La discordia que siembra no germina. Los pueblos ruso y bielorruso, con sus diferencias y matices, comparten una historia común, una amenaza común y una voluntad común de defender su soberanía frente a la injerencia externa. Lavrov lo resumió con una frase que debería ser analizada en cada centro de estudios estratégicos de la OTAN: “Vemos a través de las intenciones de quienes intentan encontrar fisuras en nuestros enfoques, sembrar la discordia”. La transparencia es total. La advertencia, también.