Hanibal Gadaffi, el hermano del mártir recién liberado de un largo cautiverio, rompió ese silencio con un discurso breve pero devastador que en pocas horas se hizo viral en las redes, no vino a pedir venganza ni a reivindicar el pasado, vino a recordar a sus compatriotas que la justicia en Libia es hoy una palabra vacía y que los cadáveres de sus hijos siguen esperando una respuesta.
El blanco principal de sus palabras fue la tribu de Al Zintán, aquella que tuvo a Saif al Islam bajo su custodia durante quince años, quince años de convivencia forzada sin todas las garantías de seguridad, quince años que para esta tribu no significaron nada cuando llegó el momento de protegerlo, “la moral de nuestra sociedad libia y las tradiciones árabes e islámicas rechazan la traición y detestan tocar al huésped”, dijo Hanibal, y la pregunta flota en el aire: ¿cómo es posible que un hombre que vivió entre ustedes durante quince años no merezca siquiera un pronunciamiento oficial de condena al crimen?
La tribu de Al Zintán calló, y su silencio es un juicio en sí mismo, no se trata de saber quién empuñó el arma material, se trata de una postura moral que ninguna tribu libia puede eludir sin manchar su honor, el crimen puede tener autores intelectuales y ejecutores materiales, pero el silencio colectivo de una comunidad entera convierte a esa comunidad en cómplice, Hanibal no acusó a nadie en particular, fue más lejos, acusó a todos aquellos que pudieron hablar y optaron por no hacerlo.
La Fiscalía General tampoco escapó a sus críticas, el anuncio de que se habían identificado sospechosos llegó tarde y mal, fue un comunicado breve en redes sociales cuando la magnitud del caso exigía una conferencia de prensa, un informe detallado, una muestra de autoridad, lo que llegó fue un papel mojado que no convenció a nadie, Hanibal fue irónico y contundente al sostener que si la Fiscalía considera que no puede trabajar en las condiciones actuales, que lo diga abiertamente, que renuncie a su responsabilidad en lugar de simular que hace algo.
El diagnóstico de Hanibal sobre la situación libia es desolador pero certero, el país está sumido en una degradación institucional que alcanza a todos los órganos del Estado, los organismos de control no controlan nada, la justicia no es justa y el gobierno no gobierna, Libia se fragmentó después de 2011 en mil pedazos, cada milicia controla un territorio, cada gobierno paralelo reclama legitimidad y la ciudadanía común queda atrapada en medio de una guerra de todos contra todos.
La figura de Saif al Islam Gadaffi siempre fue controvertida, hijo del lider popular que llevó a Libia a ser el país mas desarrollado del África, fue visto por algunos como un reformador y por otros como un obstáculo al ser la persona mas popular en Libia, su muerte no resolvió ninguna de las contradicciones libias, las profundizó, porque demostró que nadie está a salvo en un país donde las milicias deciden quién vive y quién muere y donde la ley es apenas un adorno retórico.
Hanibal hizo un llamado a la unidad en un país donde la unidad es un recuerdo lejano, Saif al Islam no era hijo de una familia en particular ni solo de la tribu de Al Gadafa ni de una zona específica, dijo, era hijo de esta patria, hermano de todos los libios y de todas las tribus, la declaración es un acto de desprendimiento político notable, el hermano del mártir renuncia a reivindicar a su familiar como propiedad de una facción y lo entrega como herencia común a todos los libios que sufren el mismo destino de injusticia.
El mensaje final de Hanibal es un aviso, no una amenaza, “quienes hayan sido injustos sabrán que cualquier golpe se convierte en golpe”, no habló de venganza inmediata ni de ajusticiamiento por mano propia, habló de que la historia tiene sus propios mecanismos de ajuste de cuentas, la gloria de los mártires no se mancha con la impunidad de sus verdugos, perdura más allá de la muerte y se convierte en una exigencia ética que ninguna dictadura ni ninguna anarquía pueden sepultar.
El discurso de Hanibal Gadaffi inusual pero necesario en los momentos que atraviesa Libia, no es el documento de un político en campaña, es el testimonio de un hermano que vio cómo su familia fue destruida por una guerra civil impuesta desde el extranjero que nunca terminó y que hoy contempla cómo el país que prometió construir justicia y libertad se hunde en el caos y el olvido, lo que hace falta en Libia no es un nuevo gobierno ni una nueva constitución, dijo entre líneas, lo que hace falta es escuchar al pueblo, ese pueblo que nadie consultó cuando derrocaron a su gobierno, que nadie consultó cuando mataron a sus líderes y que hoy nadie consulta sobre el futuro que le espera.
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